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Salida Porteña

abril 2019

Llegaron a la parada sudadas y pegajosas. La humedad de la ciudad, sumada al calor típico de Buenos Aires en febrero había transformado al asfalto en una fuente inagotable de vapor

Luciana se puso en cuclillas y respiró profundo, tratando de conjurar imágenes gélidas: los glaciares del Perito Moreno, cuando se acaba del agua caliente en la ducha, cuando te olvidás el saquito y entrás al cine con aire acondicionado, y otras escenas similares. Resultó inútil. Su imaginación no era digno contrincante a un día de cuarenta a la sombra. Se enderezó y palmeó los bolsillos de sus bermudas sin éxito. “¿Me pasás la SUBE?” “Si la tenías vos” contestó distraídamente Violeta parándose en la mitad de la calle; ritual típico para la convocatoria bondística. “No, estoy segura de que te la di” insistió Luciana. Violeta lo vio doblar a lo lejos, “dale, boluda que llega el 42”. Luciana se sacó la mochila y empezó a revolver con ansiedad. “No sé, Tati, no la estoy viendo”. “Dale, que si la buscamos cuando estemos arriba…” Violeta se acercó a Luciana y le susurró “la vieja de atrás nos va a ojear”. Luciana revoleó los ojos pero no dejó de revolver “sí, sí, apurame que así la busco mejor” “¡Apurate!” gritó Violeta en su oído. Luciana hizo una pausa, dudó si asesinarla valía la pena, decidió que no y suspiró profundamente. “Era. En. Joda. Tati” le dijo a su amiga, acentuando cada palabra. Volvió a concentrarse en la búsqueda y dijo con enojo contenido “Poné la manito, lo único que nos falta es que no pare”

Violeta vio al colectivo acercarse con velocidad y alejarse aún más rápido. Miró por un momento su brazo estirado, preguntándose si era acaso una ilusión óptica. Se dio media vuelta y notó que otras personas también lo habían parado, por lo que decidió que no era esa la razón. “Me estás cargando” masculló. Luciana olió el humo del tubo de escape que se alejaba raudamente y miró a Violeta “¿¡Qué pasó!?” “No paró” dijo Violeta encogiéndose de hombros. Luciana la miró a los ojos, investigando su intención, y no encontró un gramo de malicia. Tomó otro respiro profundo y con tono de maestra jardinera dijo “sí, eso lo vi”. “¿Y qué preguntás entonces?” interrumpió Violeta. Al carajo la respiración zen “Me tenés las bolas al plato, nena, ¿por qué no paró?” exigió. “No sé”. Luciana se dirigió a la señora sentada en la parada “Disculpe que la moleste señora, pero ¿usted habrá visto por qué no paró el colectivo?” “Estaba fuera de servicio, ¿no vieron el cartel?” contestó, seca, la mujer. “No, nos lo perdimos, muchísimas gracias”. 

Luciana exhaló despacio. “Tati, no llegamos más, ¿dónde era que quedaba?”. Violeta leyó de la palma de su mano, “La Mafalda” “Pará, ¿la que queda por Maure?” “Sí, me interrumpiste, también puse “maure y arenal”” “Concepción arenal, será”. Violeta miró a su amiga y contestó un tanto ofendida “no entraba y sabía que sabíamos, ¿hace falta el comentario?” Luciana se quedó callada un momento. Abrió la boca pero la volvió a cerrar. “Tenés razón” dijo con suavidad “perdón, no hacía falta, es que el pegote este me tiene fastidiosa, mi comentario fue innecesariamente ortiba” “Ay, todo bien, Lu, no hace falta que te pongas tan seria” Luciana miró su reloj, “estamos llegando súper sobra la hora, ¿tantas ganas tenés de ver tocar a tu primo?” “Más o menos”. Echó una última mirada al interior de su mochila. “Bueno, tampoco encontré la SUBE, así que no sé cómo vamos a llegar tampoco” “Y no, si la tengo yo” 

El olor de los campos de lavanda a su derecha le inundó el olfato. La suave brisa que corría le revolvió la pollera. Luciana se ajustó el pañuelo que sujetaba su sombrero de paja y dejó su canasta en el piso. Miró hacia el horizonte, celeste eterno paralelo al verde del campo, también sin fin. A su izquierda sintió los cientos de soles que la miraban y sin abrir los ojos, les devolvió la sonrisa. “Lu, ¿estás bien? No me mates”. Luciana levantó la palma, solicitando silencio, tratando de volver al estado de nirvana necesario para no tener que explicarle nada a las autoridades. 

“Dame un minuto, Violeta”. Inhaló, exhaló, inhaló, exhaló y finalmente se entregó. Pensó en regocijarse en el hecho de haber tenido razón. Pero luego lo consideró mejor. Con Violeta, lo mejor era entregarse. “Bueno, Tati, dame la SUBE y a partir de ahora la llevo yo”. Violeta sonrió al ver a la nube alejarse del rostro de su amiga. “Ahí te la doy, la tengo en el bolsillo del short” Luciana miró la pollera de Violeta primero, y su cara después. “El short que te cambiaste porque hacía calor” “Efectivamente, compañera, el short que dejé en lo de tu vieja” La resignación de Luciana era tangible “en fin”. “¿Qué querés hacer?” preguntó Violeta. “Ya fue, volvamos”. “¡Dale, Lu! ¡Y fumamos unas florcitas en la terraza” Luciana sonrió, “dale, y escuchamos el nuevo de la vela”. Las dos amigas se miraron, compartiendo una vez más esa frecuencia tan de ellas. “Dale, Lu, me encantó. A mi primo no me lo fumo”.


Silla

marzo 2019
Como todas las noches mi mundo se daba vuelta y podía estirar mis patitas en el aire. Hora tras hora de sostener culo tras culo; y los cuerpos pesados pegados a esos culos.
Sentir cómo el sudor de la clientela finalmente tenía tiempo de evaporarse, dando un respiro a mi porosa madera y a los hongos verdes que se habían apoderado del espacio debajo de mi almohadoncito de cuerina.
Mi respaldo haciendo equilibrio sobre la mesa, con los apoyabrazos actuando de contrapeso. Ver a los humanitos caminando por el techo: los sobrios arrastrando los pies mientras que los merqueros saltan de acá para allá, lavando las ollas frenéticamente y animando un imaginario loto geriátrico. Nosotras no dormimos, ni siquiera descansamos, pero hay algo del agotamiento que transpiran las paredes, las copas puestas a secar boca abajo sobre un repasador roñoso, listas para mañana engañar a los clientes con su transparente suciedad.
Trato de acomodarme, hago los habituales ruidos de cosa vieja; ¡es cierto! Nos acomodamos como quejidos fantasmagóricos. Nadie le presta atención, ya acostumbrados a nuestras tradiciones. Pasan las horas y todas las telas van desapareciendo dentro de esa enorme bolsa que irá al lavarropas: servilletas, manteles, trapos, repasadores. Todos irán a marearse un rato para empezar el nuevo día refrescados y listos para que les destrocen la pulcritud con la que comienzan cada mediodía.

Creatividad

marzo 2019

La imitación era su arte. Cuadro tras cuadro una meticulosa reproducción de la realidad. La baldosa con la que se había tropezado el día anterior aparecía ahora en el lienzo, los mismos colores, la misma esquina rota donde al apoyar su pie había perdido el equilibrio. Una imagen repetida. Como todas las anteriores. Cada vez que trataba de imaginar veía sólo recuerdos. Años de usar los ojos le habían destruido la mirada. Ahora sólo agendaba, asignaba a cada recuerdo un futuro gemelo idéntico. Sólo pintaba para dejar de acumular. Tantas imágenes encajonadas que nunca había espacio para algo nuevo. Era incapaz de crear. 

Como todos los días, se paró frente al atril. Acomodó a su lado su arcoiris de lápices acuarelables. Ordenados por gama, intensidad, saturación. Uno al lado del otro. Con sus puntas recién afiladas para mayor precisión, con el vaso con agua para desperdigar el color. Siguiendo el consejo número setecientos de otres artistas empezó con los ojos cerrados, agarrando colores al azar, errándole a veces al vaso de agua, manchando la tela sin ton ni son. Se sintió libre, la creación estaba sucediendo, su mano se deslizaba sin recuerdo alguno. Al abrir los ojos le ganó la desesperación. El árbol de tilo que había visto ayer le sonreía ahora desde el atril. La verosimilitud era feroz. Idéntico su árbol de tilo al árbol de tilo que no era suyo. Tiró el cuadro al suelo, estrelló sus lápices contra la pared. El suelo detuvo sus rodillas y la remera sus lágrimas. 

Moqueando fue a buscar los lápices. Ellos no tenían la culpa. Sus puntas antes perfectas ahora quebradas le reprochaban el exabrupto. Aceptó que ese tampoco sería el día en el que inventase. Se resignó y fue a buscar el sacapuntas, pretendiendo dejar todo listo para el día siguiente pero el cansancio hizo que se detuviera. Dejó los lápices desperdigados, guardó el sacapuntas en el cajón.

En la entrevela se preguntaba cómo dejar huella, cómo explicarle al mundo que su arte existía. Sus lápices con las puntas golpeadas lo miraban desde sus diversos escondites. No podría dormir hasta no resolver eso. Tampoco podría encontrar la solución a su repetición antes del amanecer. O eso creía. 

Agarró un bloc de dibujo de su biblioteca, el sacapuntas del cajón, el bisturí de la cartuchera, y los lápices del suelo. Empezó con los azules, usando alternadamente el bisturí y el sacapuntas para encontrar el ángulo perfecto. Sacaba punta, probaba en el bloc, raspaba un poco, volvía a probar. Uno tras otro los azules se fueron agotando. Hizo la transición a los verdes, para pasar a los amarillos, después a los naranjas y luego los rojos. Cómo dejar huella. Cómo dejar su marca. Cómo apropiarse de sus pinturas, de sus dibujos, de sus herramientas, de su tinta. Se preguntó si no sería su caja de colores la que le llenaba de restricciones. La movió a un lado y empezó a buscar alguna otra pintura. Acuarelas, acrílicos, témperas, óleos, pasteles, grafito. Todos abandonados años atrás en función de perfeccionar su técnica de lápices. Luego de revolver el armario volvió a su escritorio a sentarse. Se miró las manos. Tal vez ellas eran las que detenían su imaginación. Tal vez eran ellas las que atrapaban sus sueños e impedían la creación. Cómo dejar huella. Cómo apropiarse de la tinta. 

Se armó de determinación y esa noche creó. Buscó un lienzo en blanco y creó un amanecer inventado. Marcó la tela con su imaginación. Los colores saturados le permitían por primera vez despertar. A medida que pintaba iba retocando sus colores con el sacapuntas o el bisturí así fuera necesario. Para los trazos más delicados requería de un punta fina y redonda, eso se hacía con el sacapuntas. Para pintar espacios necesitaba más superficie, eso se hacía con el bisturí. Pintó hasta la madrugada, cuidándose de no ver salir el Sol, por miedo a que su amanecer no fuera creado, sino un recuerdo del día siguiente. 

Quedaría su huella en la historia. O su falta de huellas. Quedaría su tinta en el lienzo. El amanecer cambiaría de color junto con el día. Al anochecer, de sus rojos quedarían sólo marrones.

Amarito Quiere Volar

noviembre 2011
Es probable que nunca hayan oído hablar de Amarito, aquel que quiso volar. Es poco conocido, puesto que no lo logró. Tampoco murió en el intento. No fue cual Ícaro irresponsable, no se le deshicieron las alas. Tampoco quedó pegado a la Tierra por el peso de sus cuadradas creencias o por hacerse una capa de oro macizo. Amarito simplemente quería volar.

Amarito quiere volar. Pero no quiere volar porque necesite huir de una casa terrible. Tampoco lo necesita para escapar de una realidad pesadillesca. Tampoco es un gran soñador cuyo único anhelo es soñar. Tampoco quiso volar desde que estaba en la cuna.

Amarito no es solitario. Tampoco es un genio encubierto. Amarito no se despertará un día y volará. Amarito sabe eso, y aún así quiere volar.

Amarito no le reza todos los días a una estrella. O a un Dios de bien arriba. O de bien abajo. Tampoco escribe todos los días en un cuaderno. No se duerme ni se despierta pensando en volar. Pero a veces se acuerda. Y en esos momentos quiere volar.

Conozco un Amarito que quiere tener un trabajo. Y otro que quiere aprender a tocar la flauta traversa. Conozco Amaritos de todo tamaño y forma. Porque héroes, soñadores, diablitos, hay pocos. Pero Amaritos somos todos.

Yo conozco una Amarita que quiere escribir.

Boca Interrumpida

septiembre 2018

Una sonrisa que empieza por ambas comisuras. No por los ojos. Los ojos se mantienen severos, fríos. Una sonrisa que parece mueca, fruto solamente de la flexión de los músculos. Extiende lentamente los labios, como si las orejas hubieran atrapado esas comisuras con dos anzuelos. El movimiento podría ser sólo una ilusión, una extensión en el tiempo, como la flecha de Zenón, cubriendo distancia a ritmo inexistente, pero ganando terreno de todos modos. Un movimiento deliberado, cruel, antinatural, un movimiento a pesar del dueño de esos rasgos.

La intención es clara, pero de origen desconocido. A medida que las esquinas de su boca buscan su nuca se puede ver su piel tensarse, adivinar los tendones sufriendo el esfuerzo de la contradicción entre mantener el cuerpo unido, piel con piel, y continuar esa sonrisa que pareciere buscar el infinito.

Los ojos ya rendidos, pero sin cansancio, abiertos de par en par, exhibiendo esferas blancas, verdes y negras, con sus pupilas suspendidas en el centro, proyectando una recta eterna hacia la nada. Ojos que ya no ven, que tan sólo existen y alertan de un peligro ya ajeno a la voluntad propia.

Y la sonrisa sigue creciendo. La piel rosada de sus labios se desgarra por el centro, las comisuras, con propósito, se buscan del otro lado del cuello. Un almohadón gastado, cuyo relleno rebalsa de la débil tela. La simetría persistente expone la encía, los dientes, por debajo de la nariz, a uno y otro lado del centro total. Manos que se desenlazan, que al soltarse vierten sangre; los músculos y los nervios deshilachados a uno y otro lado del centro total. Lombrices partidas al medio, retorciéndose desesperadas, buscándose para volver a ser uno. Y la sonrisa siguió creciendo. Las orejas inmutables dejan correr ese tajo que empapa los lóbulos con carne expuesta. La herida acelera su inexistente paso de modo vertiginoso, una lenta y delicada guillotina que rodea al desgraciado, ahora veloz. El rostro tapado por un barbijo de entrañas. La pera, un rojo triángulo invertido que se expande con cada segundo. La nariz intacta, burlándose de la anatomía estudiada.

Sólo Quiero Ser Útil

marzo 2011
Siento el frío bisturí dividiendo mi organismo. Me separa en secciones para facilitar el estudio. No es una autopsia ya que nadie la ha pedido. Yo sólo quería ser útil.

Al igual que en vida quería molestar a los que corresponde, pero en pos de un bien, - aunque suene ingenuo-, en pos de un bien mayor. Así que si bien molestaba a unos hacía lo posible por ser útil. Por ayudar. Por mejorar las cosas. Por facilitar lo que se pone complicado.

Así que aquí me encuentro. Siendo cortada por un brillante y esterilizado bisturí. Para abono no era lo mejor. Cremada hubiera contribuido a la contaminación atmosférica. Enterrada en un ataúd no hacía bien a nadie. Por lo tanto decidí que luego de muerta me utilizaran para lo que se precise. Cualquier cosa. Cualquier tarea. Lo que sea que hiciera falta.

Aquí estoy; sintiendo el frío bisturí dividiendo mi organismo y percibiendo la ansiedad en los novatos de anatomía. La repugnancia de unos cuantos, la felicidad de unos menos y la duda presente en todos: ¿Y si en la camilla estuviera yo?

Siento la exposición tan grosera, el cuerpo paralizado, el dolor insoportable del frío bisturí dividiendo mi organismo y me sonrío. Me encanta ayudar.

Ejercicio de escritura - "Realicen un texto humorístico"

marzo 2019
En el reino de los peces, hay uno que es el Rey. El Pez Rey, que es lo mismo que el pez que es Rey, que no es lo mismo que Pejerrey. El Pez Rey se llama Enrique. Enrique el Rey Pez, le dicen sus súbditos, Enrique, sus amigos. Sus enemigos le dicen Enrique el Pescado. Enrique el pescado tiene contratados a dos sirenos, tres mantarrayas y setenta y siete esponjas de mar para que reciten Shakespeare 37 horas al día. Él, siendo el fundador de los shake-fanáticos, pasa la mayor parte de su tiempo corrigiéndole la pronunciación a los dos sirenos, a las tres mantarrayas y a las setenta y siete esponjas de mar. Tan intensa es la obsesión que tiene Enrique el pescado por honrar los textos originales que, entrada su decimoquinta década como monarca, aún no había podido ver una obra de principio a fin, puesto que luego de cada corrección pedía que comience todo de nuevo. El reino de los peces tenía dos enemigos: una gacela llamada Ricota y la totalidad de las almejas del océano Pacífico. Ricota había tratado de entablar comunicación con las almejas en más de una ocasión, siempre con poco éxito, dada su natural disposición a no ser una almeja. Como gacela que era, disfrutaba cada día el no ser comida por leones. Cada vez que Ricota notaba que no estaba siendo comida por un león, le daba un presentimiento de que iba a ser un buen día. Hasta que se acordaba de Enrique el Pescado. “Si quisiera no disfrutar mi día, preferiría ser comida por un león que pensar en Enrique el pescado” pensaba Ricota. Pero luego recordaba las hermosas palabras de Shakespeare y se arrepentía. “Como sol, oh, Gacela, que debes salvarte”. Como fundadora de los shake-fanáticos, Ricota no podía dejarse vencer por sus rencores.

Labios con Sabor a Sueños

julio 2011

Esa fina línea entre verdad y fantasía lentamente se iba disolviendo. Cada sueño borraba palabra por palabra los textos destinados al mundo de lo tangible. Poco a poco los labios tenían sólo el gusto de lo efímero, de lo imaginado. Labios con gusto a imaginación. Mas los besos, repetidos por millones, en la escuela, en la fiesta, en el cuarto, en la cama; los besos ya existían. Besos con gusto a fantasía, sin embargo besos.

Porque no importaba lo que en verdad sucediera, ya que la verdad se desdibujaba cada noche. Con cada amanecer se sacrificaba un momento. Con cada vez que el Sol asomaba había una nueva historia que se sumaba a esa neblina del limbo entre dos mundos. ¿Acaso era una hora de verdad que se perdía o un sueño de mentira que se agregaba? No había manera de saberlo. Pero de todos modos no importaba.

Ningún momento de cruda verdad se acercaba a los fantásticos sueños; y ningún sueño se acercaría jamás a la realista verdad.

Manchas

marzo 2011

Bzzz… mueve la mano.
 

Bzzz… mueve la mano.
 

Bzzz… Con pesar prendió la luz y rápidamente metió la cara en la almohada. Ese era siempre el problema de prender la luz. Malditos ojos que necesitan tiempo. Sacó la cabeza de la almohada y se tapó el rostro con las manos. Lentamente, muy lentamente, fue retirando los dedos uno a uno hasta tener visión total de su cuarto. Bzzz… “Ya te voy a encontrar” Se paró encima de la cama y empezó a observar detenidamente cada porción de su techo, cada centímetro de sus paredes, cada molécula de aire. Escudriñaba el espacio con sus ojos dormidos tratando de buscar al criminal. Bzzz… “AJÁ”. Ahí estaba… “Hijo de puta” PLAF.

Con placer se recostó nuevamente, se metió bajo la sábana, apagó la luz y se durmió.

Noche tras noche el ritual se repetía… a veces más de una vez. Los mosquitos eran inacabables pero no eran oponente fuerte para sus ágiles movimientos vengativos. No soportaba ni un solo ruido. Adiós impresora que sisea por la noche. Adiós celular que vibra contra el suelo. Pero los mosquitos no eran tan dóciles. “Mosquitos de mierda” Con placer veía sus manchas. Su techo era un gran cementerio. Sonreía cada vez que veía esas manchas. Cada mosquito, cada zumbido, cada molestia equivalía a una mancha.

Los días pasaban y las noches de verano se alejaban para dar lugar al fresco otoño y al frío invierno. Los mosquitos se fueron haciendo más escasos hasta desaparecer de su casa, de su barrio y de su ciudad.

Llegó la primavera y ella los esperó con paciencia, pero no llegó ni uno. No los extrañó, pero su ausencia le generaba cierta intriga. No la suficiente como para meditarlo, por lo tanto saltearé sus otras meditaciones.

Pasó septiembre y llegó octubre, mas los mosquitos no aparecían. O por lo menos no lo hicieron hasta cierto día. Cierta semana en que la tele ya empezaba con los especiales de Halloween. “No se puede prender la caja en esta época” Cobarde como ella sola detestaba el maldito octubre. Pero no será el día de Halloween el que cambie su vida.

Llegó el 20 de octubre y los mosquitos no volvían. Llegaron también el 21, 22, 23 y 24 sin los pinches mosquitos. Pasaron también el 25, 26, 27, incluso el 28 y el 29. Se fueron el 30 y el 31 sin aviso. Fue en noviembre la tragedia.

El día primero de noviembre se fue a dormir como de costumbre. Se lavó los dientes como de costumbre. Se sacó los pantalones como de costumbre. Se cambió la remera como de costumbre, mas cuando se fue a la cama como de costumbre, notó algo extraño. Algo fuera de lugar, algo que estaba mal colocado. O que no estaba.

Como había sido un día largo no tardó en conciliar el sueño. Incluso con ese sentimiento tan desagradable, la vigilia no tardó en abandonarla.

Bzzz… mueve la mano.



Bzzz… mueve la mano.



BZZZ…con pesar prendió la luz, pero nada sucedió. Bzzzzzzzz… abrió los ojos intranquila “Otra vez se cortó la luz y este mosquito me está matando” Claro que no tenía idea del alcance de sus palabras. Volvió a mover la mano intentado quitarse al molesto de encima cuando una luz se encendió, pero no la que ella hubiese deseado. Su cerebro se iluminó con la claridad del que entiende algo que llevaba largo rato procesando. “Las manchas” Al fin había dado en el clavo. Las manchas no estaban. Faltaba ese cielo tan peculiar que era testigo de tantos pecados. Su techo estaba completamente limpio cuando se fue a dormir ese primero de noviembre. Bzzz… se dio vuelta y, como si tratara de ver el techo, abrió los ojos bien grandes. Se dio cuenta que la luz estaba prendida, mas algo cubría su visión. De repente sintió que su pierna le molestaba. En un acto reflejo se rascó la picadura. Bzzz… sintió que le picaba el brazo. Se rascó. Bzzz… La pierna estaba insoportable. Bzzz… el brazo la estaba matando. Bzzz… cuando volvió a rascarse la pierna se dio cuenta del daño que se estaba haciendo, pero no podía evitarlo. Bzzz… “¡Ese ruido!” Bzzz… su mano estaba roja de la sangre que fluía de su pierna. Bzzz… Su brazo izquierdo estaba ya inútil del daño hecho por las hábiles uñas de su mano derecha. Bzzz… “Mosquitos de mierda” Bzzz… Mosquitos de mierda” Bzzz… “Mosquitos de… mierda”


Bzzz… “Mosquitos… de… mierda”



Bzzz…

Bzzz…

Bzzz…

Ejercicio de escritura - "Utilicen neologismos"

marzo 2019

Panturno, de sombrero turante y asdrupuloso; si bien podía también enderezarse y sonatar ante un estadio repleto, inevitablemente volvía a su tenuria habitual. De lejos podía olérselo llegar, con este tufo a pertalante tan impersonal en bajas dosis, pero específica a don Braulio en las cantidades con las que se desprontalaba el producto. Todas las mañanas se podía ver a don Braulio destragateando contra la vereda, para disgusto de les pemdragones del barrio - y para gusto de sus trenteras. Braulio no sacaba a pasear su perro. Lo que es más, Braulio no tenía perro. Lo que sí tenía don Braulio era media docena de zaparrachines, quienes amagaban hacerle tropezar una y otra vez. Le mordían los tobillos, contrectebando rápidamente, mientras mostineaban las suelas de sus zapatos. Don Braulio permanecía impertérrito. Se apersonaba inmune a las macarrerías de sus zaparranchines. Seguía concentrado en destragatear sin perder de vista a sus vecines, pedragones y trenteras por igual. Sin combinar su chaveta, Don Braulio siteseó con la voz cansada, como si supiera lo que se avecinaba.

Sonateo por medio, el día se volvió invierno y la multitud se ponuvo pasmada, llamándose a silencio les unes a los otres. El zaparranchín aferrado al talón izquierdo aflojó su permulatora y trepó hasta los hombros de don Braulio. Su saco parecía a punto de trembar. En el silencio sonó su cuello, un ruido antinatural, crocante. El zaparranchín removió sus percas de las orejas de don Braulio y bajó al piso. El cuerpo casi erguido de don Braulio quedó inmóvil mientras el vecindario sopesaba en cuchicheos.

Quince días se mantuvo en pie. Quince días y veintiocho noches después, sus rodillas se aflojaron, sólo para acompañar los lamentos a viva voz de la trenterada completa, simplemente para compartir el silencio.

Ellas

julio 2011
Los escuchaba hablar. Balbuceaban, susurraban, tosían, se reían. Los veía discutir y argumentar. Se sentía perdida en sus ideas absolutas, sus puntos indiscutibles, sus perfectas seguridades. No le importaban en lo más mínimo sus elevados diálogos. Se aburría buscando el hilo enredado de esas charlas de nunca acabar. Política, literatura, arte, música, sociedad, historia, todos los temas le daban lo mismo. Todo era el ir y venir del aire. Todo era el ritmo lento, tranquilo de ese corazón.

Recostada sobre ese pecho se dejaba adormecer por esa voz apagada que resonaba en su cuerpo. Esa persona que hablaba bajo, porque la imaginaba dormida y no deseaba despertarla. Los susurros no alcanzaban a captar su atención, mas esa voz distorsionada, esa voz que no se escucha, que se siente, esa voz que no salía de su boca, sino de su pecho, de su panza; esa voz que no era voz, que era más grave, más apagada, pero que seguía siendo de ella. Esa casi voz que lograba hipnotizarla. Ese sonido profundo que la rodeaba.

Sentía el resonar de esa voz, el ritmo tranquilo de ese corazón, el subir y bajar de ese pecho con el entrar y salir del aire. Se sentía protegida por ese brazo delicado que la envolvía. Ese brazo que de cuando en cuando la acercaba hacia ese otro ser que la hipnotizaba. Cuando ella la abrazaba, entre discusiones prescindibles y susurradas, se sentía protegida. En esos momentos, de cuando en cuando, se sentía protegida, se sentía feliz. En esos momentos, de cuando en cuando, lanzaba un corto suspiro.

Esas noches eran infinitas. Esas noches de reuniones, de ir y venir de ideas, de horas interminables en algún minúsculo departamento de alguno de los del grupo, de gente echada en el piso, de gente sentada en sillas, de gente acomodada en mesas, de alguna botella que daba vueltas, de algunas frazadas desparramadas por ahí. Esas noches llenas y vacías de gente, bohemios, locos, raros, serios. Gente que se creía importante. Gente que creía que decidía cosas importantes. Gente importante. Y gente no tanto.

Jamás hubiera terminado en ese ámbito plagado de pretensiones, de altanería, de gente que se cree importante, de gente que era importante. No lo soportaba. Pero no hablaba, tomaba un sorbo de la botella, recogía alguna de las frazadas y se acomodaba contra ese cuerpo en un abrazo tibio, un abrazo de hogar, un abrazo de cariño, un abrazo de pasión, un abrazo de seguridad. Se adormilaba mientras los del grupo hablaban, mientras ella argumentaba, mientras muchos las miraban con envidia.

Envidia. ¿Envidia de qué? ¿Envidia de quién? ¿De la que no pertenecía allí por estar allí? ¿De ella que la había traído, porque podía? No. Envidia de eso. De eso que ellas tenían. No era envidia de la durmiente por estar en esos brazos. No era envidia de ella por tenerla en su regazo. Era envidia de eso que compartían. De ese abrazo tan íntimo y a la vez tan fraternal. De esa respiración acompasada a cuatro pulmones. Porque no las deseaban a ellas, deseaban eso. Ese momento. No las odiaban por eso, de hecho las apreciaban. Pero les tenían envidia.

Sin embargo no estaba consciente de todo eso, o no le importaba. Sólo estaba consciente del ir y venir del aire. Del resonar de esa voz. Del ritmo tranquilo de ese corazón. Del bajar y subir de ese pecho. Del delicado brazo que la rodeaba y que de cuando en cuando la acercaba a ese cuerpo. De los labios que de cuando en cuando rozaban su frente. Del calor que emanaba de ese cuerpo. De la frazada que acariciaba sus pies descalzos. Del fuego que provocaba el licor en su pecho. De su imaginación que volaba junto con el fuego que provocaba el licor en su pecho. De ese cuerpo. De ese abrazo. De ella. Ella estaba consciente de eso. De sólo eso. De solamente eso.

El Partido

 2012

Ya estaba harto de tener que caerles bien a mis clientes. Ni siquiera. No eran mis clientes, eran los clientes de mi compañía. Ni tanto. No mi compañía, la compañía en la que en esos momentos trabajaba. Creo que eso es bastante preciso. Estaba harto de tener que caerles bien a los clientes de la compañía para la que trabajaba en esos momentos. De eso por lo menos estaba seguro. No así de dejar el trabajo, por lo tanto la reflexión anterior perdía un poco de fuerza. O toda.

Mi trabajo era ser cadete. Era agotador y de poca paga, pero era el trabajo que tenía. Mejor que otros estaba. No era fácil trabajar siendo estudiante. Mucho menos, siendo de la UBA. Más aún, de la facultad de Sociales. Y ni te cuento, estudiante de Sociología. Era por poco la escoria de la sociedad. O eso nos hacían creer.

Ese día tenía que encontrar a uno de los clientes en un partido de fútbol. El hijo del señor jugaba un torneo al que “no podía faltar, pero no tengo problemas de hablar en el entretiempo”. Honestamente me encontré sorprendido… 5 años y jugando un torneo… era un poco pronto para inculcar la competitividad, pero esos no eran –ni son- pensamientos que uno debe decir en voz alta. “La competencia es la base de nuestra sociedad”, eso sí se puede decir.

Más allá de mis pensamientos varios allí estaba, en el medio de la tribuna buscando al Señor Apellido. Cuando lo encontré nos saludamos y me pidió –bueno, pedir requeriría asentimiento de mi parte, exigir es más apropiado- que esperase a que terminase el primer tiempo para firmar el maldito recibo.

Con la resignación habitual me senté y me puse a ver a los niñitos correr de un lado para el otro. Los equipos eran Solcelestiblanquis contra Estrellinaranja, nombres propios de equipos tan infantiles. Las camisetas representaban estos nombres de fantasía a la perfección. Corrían para acá, corrían para allá sin mucho sentido. Al fin y al cabo, tenían entre 4 y 6 años. Tan pequeñitos. Luego de algunos minutos noté que el árbitro estaba… comprado no es la palabra, ¿quién le pagaría a un árbitro de un partido tan… chiquitín? Sin embargo esa era la sensación. Todo cobraba para los celestinosecuántos. Todo para los celesti, todo para los celesti. En un momento se me ocurrió la fantástica idea de comentar, muy casualmente con la persona que estaba a mi derecha. “Qué loco, ¿no? parece comprado, jejeje”. Mi muy inocente comentario resultó… no muy inocente. “¡Pero qué dice, es todo según el estatuto!” Decidí callarme. Noté como discretamente alguien que estaba adelante mío se alejaba un poco sin decir nada. Como el que estaba a mi otro costado hacía la vista gorda. El señor al que le había comentado me seguía mirando con cara de enojo. “Haga el favor de mirar el partido en silencio, ¿quiere?”. El cliente que estaba unos espectadores a la izquierda nuestra me miró con cara de “No haga espectáculo.”

Con un suspiro interno que rebalsaba hastía me callé todo lo que podría haberle dicho. Para qué pelearme. Continué mirando el partido. Noté con desagrado cómo el entrenador trataba a los niñitos. Nunca me gustó la relación horrible que se generaba. Violencia. Para mí, eso era violento. Sé que en los deportes es así, pero no deja de sentarme mal. El partido era mortalmente aburrido, por lo que decidí dirigir mi atención a los que estaban en la banca. Querían jugar. Lo notaba. Movían sus piernitas en el aire. “Elíjame, elíjame”. Incluso podía escuchar a alguno quejarse bajito, “siempre juegan los mismos”, hacer un puchero y mirar a los otros en busca de consenso. Cinco años y ya sabían lo que era sentirse relegados.

Pude ver como uno estaba a punto de llorar. Miré a los jugadores del celestialgo, se los notaba cansados. Exhaustos. Pero seguían corriendo. Algunos alentados por los gritos de sus padres, las palabras de aliento se mezclaban con los reproches vociferados como si fuera una final trascendental. Siempre detesté a esos padres. Y ahí estaban “Corré PELOTUDO” Chiquitos de cinco años. Madres que se agarraban de los pelos “PERO DALE, TENÉS QUE SER GIL” Los deportes infantiles siempre han sabido sacar lo peor de todo el mundo. Y ahí lo veía, al siete de los celestis corriendo con las lágrimas recorriéndole la cara, porque no llegaba, porque el atacante del naranji era más rápido, porque él no llegaba, porque él no llegaba, porque el padre le gritaba “QUIÉN TE ENSEÑÓ A CORRER”, porque él no llegaba. No pude más. Me levanté y de un grito le dije al entrenador, “¡Oiga, que el chico está sufriendo!”. Error. Error. Error. Horror. Horror. Error. El de naranji se frenó en seco. El de celesti con las lágrimas todavía en los ojos me miró. Me miró fijamente. Con un odio que no puedo comprender. Que no pude comprender. Yo lo estaba defendiendo y él me detestaba, cada fibra de mi ser. Cómo me atrevía a hablar de él. Le estaba dando carne al entrenador. Me estaba metiendo con el entrenador. Como en un sueño escuché al entrenador burlándose del chico, “Ah, ¿y quién es tu amiguito?”. El chico me odiaba. Nada más importaba.

Agarró la pelota del naranji que se había quedado congelado. Con sus cinco años de humanidad el naranji reconoció la furia en su contricante. El siete agarró la pelota. El siete la sostuvo a la altura de su cabeza. El siete la dejó caer. Y mientras estaba en el aire la pateó. Con todas sus fuerzas. Hacia mi dirección. Y vi la pelota viniendo. Nunca creerían la fuerza que tiene un niño de cinco años. Venía con la ira contenida. Y me golpeó. En la cara. En plena cara. La gente sentada alrededor mío se movía, se hacían los distraídos. Pude sentir la risa del árbitro. La aprobación del entrenador. Y el dolor. Sentí la pelota. Sentí el golpe. Y después, oscuridad. Me caí al suelo. Creo que todavía no me volví a levantar.

Me Gusta el Agua Muy Caliente

mayo 2012
A mí me gusta el agua caliente. Muy caliente.

A veces, cuando estoy en la ducha y el agua funciona bien en mi casa, me acuerdo de eso. Siempre uso la canilla de la izquierda a todo lo que da. Y con la que está del lado de la pared voy regulando. De todas formas nunca sale muy caliente. Tibia, a lo sumo. Y con baja presión.

Pero a veces, cuando estoy en la ducha y el agua funciona bien en mi casa me dejo lugar a ciertos juegos de carácter dudoso. La caliente está al máximo. La fría a la mitad. Y empiezo a bajarla. A ver cuánto soporto. A sentir el calor. Mucho. Sobre la espalda, los hombros, el cuello y parte del pecho. Partes que se sienten pero que no son sensibles. No es la cara. No son los ojos. Pero se siente. Voy bajando, lenta, muy lentamente la concentración del agua fría. Siento el calor. Siento el chorro del agua. Que golpea.

Sigo cerrando la canilla de la pared y le empiezo a dar lugar a otras sensaciones. El picor. El dolor. El dolor. Mucho calor. Demasiado. Sigo cerrando la canilla para dejar de sentir. Ahora ya no es más algo concreto. Tampoco es un malestar. Es un chorro de agua que me golpea y yo ya no siento nada. Sin embargo cuando baja por mi talón izquierdo recuerdo la lastimadura. La piel dañada. La carne descubierta. Ahí sí siento el calor. El dolor. Sin moverme trato de apartar la herida del chorro.

Lo logro.

Y mientras, sigo cerrando la canilla. Y ahí es cuando empiezo a pensar. Ya pasado el umbral del dolor me pregunto, y cómo será morirse quemado, por agua hirviendo. Siempre me lo pregunté. Bueno, no siempre. Desde que una vez, hace un tiempo… largo, leí en algún lado de prestado, o lo vi en la televisión, o algo así. Leí un mito. Griego. De los que me gustan. Y por una cosa o por otra mataban a un Rey echándole agua hirviendo. Y mientras, sigo cerrando la canilla.

Me pregunto, qué tanto soportaría si no fuera por motus propio, por placer. Llega un punto en el que mi cuerpo recuerda lo que es no tener un chorro de agua caliente. Debe ser que me habré movido o una corriente de aire. Siento que me quemo. Aguanto unos segundos más y le doy la cara a la ducha. Eso me saca del trance y doy un paso hacia atrás.

Termino de cerrar la canilla, me quedaba menos de media vuelta. Tan cerca. Cierro la de la izquierda y el juego se termina.

O más o menos.

Cuando me acerco al espejo me doy vuelta y disfruto de mi espalda colorada. Quemada. Pero no por mucho. Es sólo el momento. En seguida empieza a retomar su color normal. Pero quién me quita lo bailado.

En un Libro

2007
Esto se trata de una persona, una sin nombre para este caso, una simple persona.
Esta estaba sentada en un sillón con un libro en la mano, aburrida.
Se pone a leer el libro. De repente le cambia la cara, se levanta y...
Lo perdimos, ya no está con nosotros, ahora es otra persona. Tiene cara de enojo y quiere saquear barcos, ahora es un pirata.
Los de afuera dicen que está loco, pero no, sólo le gusta el libro.
Se vuelve a sentar, esta vez con cara de susto, está pálido. Se levanta pero despacito y camina agachado, pega un salto y grita. Ahora es la víctima y el asesino, le encantan las películas de suspenso.
Empieza una correría llena de movimiento y alegría.
Se acaba de encontrar con su perrita perdida.
Dicen que siempre está en otra película...
Al fin cierra el libro. Su cara no es la del principio, ahora está feliz.

Las Aventuras de Ricota: Lunes

marzo 2019
Los lunes son su día favorito porque son día de malabares, y los días de malabares son días para aprender. Si bien se puede aprender todos los días, ningún día está tan cargado de saberes fantásticos como los lunes. Ella sabía que hacer malabares era un conocimiento inútil y esa era la mejor parte. No hay ser alguno en toda la sabana que esté en desacuerdo con eso. Los malabares no traen comida ni agua, no llaman a la lluvia ni al Sol, no alejan a los insectos ni a los leones.
Tampoco hay ser alguno que pueda convencerla de que por mucho que Ricota memorice los movimientos, sus pezuñas jamás podrían atajar nada. Cuando trataban de explicarle, Ricota entrecerraba los ojos y bailaba un marambo, dando a enteder lo absurdo del comentario. Ella quería aprender a hacer malabares, no a atajar nada. “Peeeero, Ricota” mascullaban por lo bajo “para hacer malabares tenés que agarrar las pelotitas; lo que es más ¡después tenés que tirarlas!” Dicho por supuesto a media voz, sabiendo que decirlo por lo alto causaría otro marambo.
Los lunes Ricota aprender a hacer malabares, que es un conocimiento inútil para una gacela. Por suerte, Ricota sabe perfectamente que lo útil viene solo, pero lo mágico pide que lo vayas a buscar.

Las Aventuras de Ricota: Miércoles

septiembre 2021

Los miércoles de Ricota son días de sorpresa. Al día de la fecha la gacela Ricota no ha tenido dos miércoles iguales. Ella no toma nota ni tiene mucha memoria, pero considera la irrepetibilidad de los miércoles una verdad indiscutible. No hubo hasta ahora dos vientos iguales, dos caminatas iguales o dos encuentros iguales. Ricota trata cada miércoles como un juego de siete diferencias, pero a ella le alcanza con una. En los miércoles encuentra la sorpresa porque la busca.

Abre bien los ojos y escucha con atención. Lo siente por primera vez a este pasto moviéndose tan suavemente al mediodía. Se detiene un momento para inspirar bien profundo, satisfecha de haber presenciado lo nunca antes sucedido.

O se acerca a tomar agua pero por otro camino.

Ricota encuentra la sorpresa en el constante suceder inesperado de cada miércoles, segura de que cuando la sorpresa no se topa con ella, quien busca encuentra.

El Rey y el Reloj

2004

Un explorador se pierde por la selva oscura del tiempo e intentando llegar nuevamente a su época se encuentra frente a un rey y le ruega que le diga el camino de regreso a su casa.

- Yo te digo el camino de regreso si vos me das ese escudito de mano.

- Bueno, (se lo da) tome. (Se va el explorador)

¿Qué será esta cosita? (se lo acerca al oído) ¡Ay! ¿Alguien cose ahí? ¿Una señora chiquita perdió sus agujas? Se mueven solas y hacen ruiditos... ¡Con dibujitos! ¿Tal vez sirva de corona? mmm... muy chica. Quizás sirva para... ¡Hacer música! (se lo vuelve a acercar al oído) tic-tac-tic-tac-tic-tac-tic. No, no es muy linda la música, no es digna de un rey. ¡Quiero que vengan inmediatamente todos los sabios del reino!!!!

(se reúnen todos en una sala).

(Opina un matemático) Desde mi punto de vista ese es un objeto que sirve para hacer cuentas.

Imposible –dice un ingeniero- es una máquina que te dice cuánto cuesta la madera.

No, es una brújula –dice un virrey.

Si esto genera discusión lo arrojaré por la ventana (lo arroja).

De repente pasa un mendigo y encuentra el objeto -¿¡este es el reloj del que leí?!

Las Aventuras de Ricota: Martes

marzo 2019

No ser comida por leones era una de las prioridades de muchos de los animales de la sabana. Bueno, la prioridad de algunos era no ser comidos por hienas, pero en líneas generales la mayoría disfrutaba no ser el almuerzo de nadie.

No debería resultar sorprendente entonces que al día de la fecha se hubieran realizado no menos de setecientas cuarenta y tres reuniones de la HNP: “herbívoros, no presa”. Las siglas variaban de especie a especie, teniendo en cuenta las diferencias entre los distintos idiomas. Y ese era el problema. Los idiomas. De las setecientas cuarenta y tres reuniones cada animal volvía a su manada sin noticias, incapaz de comprender a sus compañeres de la HNP. Tal era la distancia que ni el nombre era una verdadera decisión grupal, era el nombre que Ricota había decidido ponerle. Ella suponía que el resto de la HNP habría hecho lo mismo.

Los martes entonces eran días de idioma. Ricota era una fiel creyente en el poder del compañerismo por lo que había creado un taller de idiomas abierto al animalaje. Por lo pronto había convencido a tres gacelas, dos suricatas, dos cebras y cuatro elefantes. Ella no estaba segura si el resto de los animales había entendido el propósito de la reunión la primera vez, pero apreciaba el esfuerzo.

Todos los martes cada uno de los animales dedicaba unos minutos a expresarse con los términos más simples pero elocuentes, acompañando su discurso con un dígalo con mímica que dejaría a un mimo mudo. “Beber”, “comer”, y “bañarse” fueron simples expresiones y de las primeras en tener traducción del cebrés al gacelés al elefantoque al surícabe. “Avisar”, “correr” y “esconderse” llevaron más tiempo. Por ejemplo, las suricatas se escondían en la tierra y las cebras se escondían entre ellas lo que provocaba la frustración de lo que parecía una brecha inabarcable.


Pero Ricota no se desanimaba, con la mirada les pedía paciencia. Miraba a cada animal a los ojos, daba un par de pasos a la izquierda, otros para atrás, otros para adelante, hasta contagiar al grupo entero. “Bailar” fue entonces la primera palabra en toda la sabana en ser compartida. Ricota creía en el esfuerzo y confiaba en el grupo. En los momentos de duda el contagioso baile de Ricota le recordaba al grupo que estaban haciendo algo bueno, y lo bueno merece paciencia.