Ellas

julio 2011
Los escuchaba hablar. Balbuceaban, susurraban, tosían, se reían. Los veía discutir y argumentar. Se sentía perdida en sus ideas absolutas, sus puntos indiscutibles, sus perfectas seguridades. No le importaban en lo más mínimo sus elevados diálogos. Se aburría buscando el hilo enredado de esas charlas de nunca acabar. Política, literatura, arte, música, sociedad, historia, todos los temas le daban lo mismo. Todo era el ir y venir del aire. Todo era el ritmo lento, tranquilo de ese corazón.

Recostada sobre ese pecho se dejaba adormecer por esa voz apagada que resonaba en su cuerpo. Esa persona que hablaba bajo, porque la imaginaba dormida y no deseaba despertarla. Los susurros no alcanzaban a captar su atención, mas esa voz distorsionada, esa voz que no se escucha, que se siente, esa voz que no salía de su boca, sino de su pecho, de su panza; esa voz que no era voz, que era más grave, más apagada, pero que seguía siendo de ella. Esa casi voz que lograba hipnotizarla. Ese sonido profundo que la rodeaba.

Sentía el resonar de esa voz, el ritmo tranquilo de ese corazón, el subir y bajar de ese pecho con el entrar y salir del aire. Se sentía protegida por ese brazo delicado que la envolvía. Ese brazo que de cuando en cuando la acercaba hacia ese otro ser que la hipnotizaba. Cuando ella la abrazaba, entre discusiones prescindibles y susurradas, se sentía protegida. En esos momentos, de cuando en cuando, se sentía protegida, se sentía feliz. En esos momentos, de cuando en cuando, lanzaba un corto suspiro.

Esas noches eran infinitas. Esas noches de reuniones, de ir y venir de ideas, de horas interminables en algún minúsculo departamento de alguno de los del grupo, de gente echada en el piso, de gente sentada en sillas, de gente acomodada en mesas, de alguna botella que daba vueltas, de algunas frazadas desparramadas por ahí. Esas noches llenas y vacías de gente, bohemios, locos, raros, serios. Gente que se creía importante. Gente que creía que decidía cosas importantes. Gente importante. Y gente no tanto.

Jamás hubiera terminado en ese ámbito plagado de pretensiones, de altanería, de gente que se cree importante, de gente que era importante. No lo soportaba. Pero no hablaba, tomaba un sorbo de la botella, recogía alguna de las frazadas y se acomodaba contra ese cuerpo en un abrazo tibio, un abrazo de hogar, un abrazo de cariño, un abrazo de pasión, un abrazo de seguridad. Se adormilaba mientras los del grupo hablaban, mientras ella argumentaba, mientras muchos las miraban con envidia.

Envidia. ¿Envidia de qué? ¿Envidia de quién? ¿De la que no pertenecía allí por estar allí? ¿De ella que la había traído, porque podía? No. Envidia de eso. De eso que ellas tenían. No era envidia de la durmiente por estar en esos brazos. No era envidia de ella por tenerla en su regazo. Era envidia de eso que compartían. De ese abrazo tan íntimo y a la vez tan fraternal. De esa respiración acompasada a cuatro pulmones. Porque no las deseaban a ellas, deseaban eso. Ese momento. No las odiaban por eso, de hecho las apreciaban. Pero les tenían envidia.

Sin embargo no estaba consciente de todo eso, o no le importaba. Sólo estaba consciente del ir y venir del aire. Del resonar de esa voz. Del ritmo tranquilo de ese corazón. Del bajar y subir de ese pecho. Del delicado brazo que la rodeaba y que de cuando en cuando la acercaba a ese cuerpo. De los labios que de cuando en cuando rozaban su frente. Del calor que emanaba de ese cuerpo. De la frazada que acariciaba sus pies descalzos. Del fuego que provocaba el licor en su pecho. De su imaginación que volaba junto con el fuego que provocaba el licor en su pecho. De ese cuerpo. De ese abrazo. De ella. Ella estaba consciente de eso. De sólo eso. De solamente eso.