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Distancia

octubre 2011

¿Cómo distinguir entre aquellas personas a las que les borrarás la cara y les quitarás el nombre, de aquellas a las que recordarás, que te marcarán, y que extrañarás a pesar de todo? Del tiempo, de la distancia. ¿Cómo enfrentarse en el presente a una vida que dura una vida? ¿Cómo diferenciar el amor de la simpatía antes de que sea tarde?

¿Tendrá sentido en veinte años haber perdido a alguien por algunos miles de kilómetros? ¿Me acordaré acaso de su sonrisa? O tal vez la deforme. O tal vez la vuelva irritante, y la recuerde insoportable para poder seguir viviendo. O tal vez la viva extrañando, arrepintiéndome de no haber hecho lo imposible. O tal vez me dé por vencida, y desista de buscarle respuesta a tantos por qués del travieso destino. O tal vez esté exagerando. Imposible decirlo, imposible saberlo.

La palabra amor siempre es demasiado fuerte, pero hacia atrás sólo se ven amores perdidos. Por momentos la gente pierde sentido, y por momentos es el tiempo el que se vuelve absurdo. Todo pasará. Todos somos pasajeros, todos finitos. La pregunta que resuena en el fondo de nuestra mente. “¿existe el más allá?”. Porque no es sólo la muerte la que aleja a las personas. Y es cuando sentimos que una lucha se avecina que aparece aquella duda inevitable.


¿Vale la pena que luche por tí?


Amarito Quiere Volar

noviembre 2011
Es probable que nunca hayan oído hablar de Amarito, aquel que quiso volar. Es poco conocido, puesto que no lo logró. Tampoco murió en el intento. No fue cual Ícaro irresponsable, no se le deshicieron las alas. Tampoco quedó pegado a la Tierra por el peso de sus cuadradas creencias o por hacerse una capa de oro macizo. Amarito simplemente quería volar.

Amarito quiere volar. Pero no quiere volar porque necesite huir de una casa terrible. Tampoco lo necesita para escapar de una realidad pesadillesca. Tampoco es un gran soñador cuyo único anhelo es soñar. Tampoco quiso volar desde que estaba en la cuna.

Amarito no es solitario. Tampoco es un genio encubierto. Amarito no se despertará un día y volará. Amarito sabe eso, y aún así quiere volar.

Amarito no le reza todos los días a una estrella. O a un Dios de bien arriba. O de bien abajo. Tampoco escribe todos los días en un cuaderno. No se duerme ni se despierta pensando en volar. Pero a veces se acuerda. Y en esos momentos quiere volar.

Conozco un Amarito que quiere tener un trabajo. Y otro que quiere aprender a tocar la flauta traversa. Conozco Amaritos de todo tamaño y forma. Porque héroes, soñadores, diablitos, hay pocos. Pero Amaritos somos todos.

Yo conozco una Amarita que quiere escribir.

Irrefrenable

junio 2011
Es como si se estuviese muriendo. Tiene una vida hecha. La está viviendo, pero está hecha. Terminada. Dicen que uno siempre puede seguir aprendiendo, que uno siempre aprende, cambia. Pero no lo siento así. Él no aprende más. Ahora enseña. Ya está, se terminó. Trata de extraerle los últimos resquicios de libertad a una vida destinada a encarcelarse. Una vida clase media, con obligaciones de normalidad. No me da envidia, si no miedo. Se está muriendo. En un par de años también yo empezaré a morirme. A terminarme. Veo a mucha gente morirse de a poco. “Ahora la vida empieza”. Pero yo sólo veo un abismo por delante, una caída lenta de la que nadie sobrevive.

Él está cerca del suelo. Trata de tomar las últimas ramas que se asoman de la pared de piedra sin saber que ya casi termina. Que son las últimas ramas. Las últimas oportunidades de salvarse.

Yo lo veo caer y no comprendo su sonrisa. Se está muriendo. Muere inevitablemente y sonríe. Estira sus brazos para agarrar las ramas y salvarse. Pero muere. Sin lugar a dudas muere.

Mientras, yo siento que estoy siendo empujada al borde del aterrador abismo. Me arrodillo, trato de agarrarme del suelo, araño la tierra; pero soy irrefrenablemente arrastrada hacia ese borde mortal. El inconmovible tiempo me tira sin piedad al frío y oscuro vacío. Mientras caigo escucho músicas, veo ciudades, río, lloro, acaricio cuerpos, beso labios, duermo, me despierto, veo gente, la veo desaparecer. Y sigo cayendo. Y estoy muriendo.

Nombres

julio 2011
No te vas a olvidar.
Porque no tendría sentido.
Uno no se olvida, el recuerdo se desgasta.
Pero sigue ahí.
Y no te avergüences si te siguen dando cosquillitas en la panza.
Y no te enojes con vos si cada vez que decís el nombre sonreís.
O cada vez que lo pensás.
Porque los nombres son algo muy poderoso.
No es lo mismo que un sobrenombre.
Cuando vos decís Lau, no es lo mismo que hablar de Laura.
Cambia.
Cuando pensás en Santi, no hablás de la misma persona que cuando sí hablas de Santiago.
Podés guardarte el nombre.
Los nombres son cosas poderosas.
Podés guardarlo bien cerca tuyo.
Y que con el tiempo el recuerdo se desgaste.
Que cada vez que aparezca ese nombre, signifique cada vez menos.
Porque eso es superar algo.
No olvidarlo, si no convivir con ello.
No intentes olvidarte del nombre.
Guardalo, atesoralo.
Que los nombres son cosas muy poderosas.
Andá gastando el sentimiento.
Explotalo.
Llorá, escribí, actuá.
Aprovechalo.
Sentí el dolor, y después dejalo irse.
 
Y no te creas que ahora mismo va a doler menos.
Pero poco a poco, con el tiempo, ya no vas a necesitar llorar.
Y cuando te preguntes qué es lo que te hacía llorar, repetí el nombre. Y sonreí.

Sólo Quiero Ser Útil

marzo 2011
Siento el frío bisturí dividiendo mi organismo. Me separa en secciones para facilitar el estudio. No es una autopsia ya que nadie la ha pedido. Yo sólo quería ser útil.

Al igual que en vida quería molestar a los que corresponde, pero en pos de un bien, - aunque suene ingenuo-, en pos de un bien mayor. Así que si bien molestaba a unos hacía lo posible por ser útil. Por ayudar. Por mejorar las cosas. Por facilitar lo que se pone complicado.

Así que aquí me encuentro. Siendo cortada por un brillante y esterilizado bisturí. Para abono no era lo mejor. Cremada hubiera contribuido a la contaminación atmosférica. Enterrada en un ataúd no hacía bien a nadie. Por lo tanto decidí que luego de muerta me utilizaran para lo que se precise. Cualquier cosa. Cualquier tarea. Lo que sea que hiciera falta.

Aquí estoy; sintiendo el frío bisturí dividiendo mi organismo y percibiendo la ansiedad en los novatos de anatomía. La repugnancia de unos cuantos, la felicidad de unos menos y la duda presente en todos: ¿Y si en la camilla estuviera yo?

Siento la exposición tan grosera, el cuerpo paralizado, el dolor insoportable del frío bisturí dividiendo mi organismo y me sonrío. Me encanta ayudar.

Labios con Sabor a Sueños

julio 2011

Esa fina línea entre verdad y fantasía lentamente se iba disolviendo. Cada sueño borraba palabra por palabra los textos destinados al mundo de lo tangible. Poco a poco los labios tenían sólo el gusto de lo efímero, de lo imaginado. Labios con gusto a imaginación. Mas los besos, repetidos por millones, en la escuela, en la fiesta, en el cuarto, en la cama; los besos ya existían. Besos con gusto a fantasía, sin embargo besos.

Porque no importaba lo que en verdad sucediera, ya que la verdad se desdibujaba cada noche. Con cada amanecer se sacrificaba un momento. Con cada vez que el Sol asomaba había una nueva historia que se sumaba a esa neblina del limbo entre dos mundos. ¿Acaso era una hora de verdad que se perdía o un sueño de mentira que se agregaba? No había manera de saberlo. Pero de todos modos no importaba.

Ningún momento de cruda verdad se acercaba a los fantásticos sueños; y ningún sueño se acercaría jamás a la realista verdad.

Manchas

marzo 2011

Bzzz… mueve la mano.
 

Bzzz… mueve la mano.
 

Bzzz… Con pesar prendió la luz y rápidamente metió la cara en la almohada. Ese era siempre el problema de prender la luz. Malditos ojos que necesitan tiempo. Sacó la cabeza de la almohada y se tapó el rostro con las manos. Lentamente, muy lentamente, fue retirando los dedos uno a uno hasta tener visión total de su cuarto. Bzzz… “Ya te voy a encontrar” Se paró encima de la cama y empezó a observar detenidamente cada porción de su techo, cada centímetro de sus paredes, cada molécula de aire. Escudriñaba el espacio con sus ojos dormidos tratando de buscar al criminal. Bzzz… “AJÁ”. Ahí estaba… “Hijo de puta” PLAF.

Con placer se recostó nuevamente, se metió bajo la sábana, apagó la luz y se durmió.

Noche tras noche el ritual se repetía… a veces más de una vez. Los mosquitos eran inacabables pero no eran oponente fuerte para sus ágiles movimientos vengativos. No soportaba ni un solo ruido. Adiós impresora que sisea por la noche. Adiós celular que vibra contra el suelo. Pero los mosquitos no eran tan dóciles. “Mosquitos de mierda” Con placer veía sus manchas. Su techo era un gran cementerio. Sonreía cada vez que veía esas manchas. Cada mosquito, cada zumbido, cada molestia equivalía a una mancha.

Los días pasaban y las noches de verano se alejaban para dar lugar al fresco otoño y al frío invierno. Los mosquitos se fueron haciendo más escasos hasta desaparecer de su casa, de su barrio y de su ciudad.

Llegó la primavera y ella los esperó con paciencia, pero no llegó ni uno. No los extrañó, pero su ausencia le generaba cierta intriga. No la suficiente como para meditarlo, por lo tanto saltearé sus otras meditaciones.

Pasó septiembre y llegó octubre, mas los mosquitos no aparecían. O por lo menos no lo hicieron hasta cierto día. Cierta semana en que la tele ya empezaba con los especiales de Halloween. “No se puede prender la caja en esta época” Cobarde como ella sola detestaba el maldito octubre. Pero no será el día de Halloween el que cambie su vida.

Llegó el 20 de octubre y los mosquitos no volvían. Llegaron también el 21, 22, 23 y 24 sin los pinches mosquitos. Pasaron también el 25, 26, 27, incluso el 28 y el 29. Se fueron el 30 y el 31 sin aviso. Fue en noviembre la tragedia.

El día primero de noviembre se fue a dormir como de costumbre. Se lavó los dientes como de costumbre. Se sacó los pantalones como de costumbre. Se cambió la remera como de costumbre, mas cuando se fue a la cama como de costumbre, notó algo extraño. Algo fuera de lugar, algo que estaba mal colocado. O que no estaba.

Como había sido un día largo no tardó en conciliar el sueño. Incluso con ese sentimiento tan desagradable, la vigilia no tardó en abandonarla.

Bzzz… mueve la mano.



Bzzz… mueve la mano.



BZZZ…con pesar prendió la luz, pero nada sucedió. Bzzzzzzzz… abrió los ojos intranquila “Otra vez se cortó la luz y este mosquito me está matando” Claro que no tenía idea del alcance de sus palabras. Volvió a mover la mano intentado quitarse al molesto de encima cuando una luz se encendió, pero no la que ella hubiese deseado. Su cerebro se iluminó con la claridad del que entiende algo que llevaba largo rato procesando. “Las manchas” Al fin había dado en el clavo. Las manchas no estaban. Faltaba ese cielo tan peculiar que era testigo de tantos pecados. Su techo estaba completamente limpio cuando se fue a dormir ese primero de noviembre. Bzzz… se dio vuelta y, como si tratara de ver el techo, abrió los ojos bien grandes. Se dio cuenta que la luz estaba prendida, mas algo cubría su visión. De repente sintió que su pierna le molestaba. En un acto reflejo se rascó la picadura. Bzzz… sintió que le picaba el brazo. Se rascó. Bzzz… La pierna estaba insoportable. Bzzz… el brazo la estaba matando. Bzzz… cuando volvió a rascarse la pierna se dio cuenta del daño que se estaba haciendo, pero no podía evitarlo. Bzzz… “¡Ese ruido!” Bzzz… su mano estaba roja de la sangre que fluía de su pierna. Bzzz… Su brazo izquierdo estaba ya inútil del daño hecho por las hábiles uñas de su mano derecha. Bzzz… “Mosquitos de mierda” Bzzz… Mosquitos de mierda” Bzzz… “Mosquitos de… mierda”


Bzzz… “Mosquitos… de… mierda”



Bzzz…

Bzzz…

Bzzz…

Ellas

julio 2011
Los escuchaba hablar. Balbuceaban, susurraban, tosían, se reían. Los veía discutir y argumentar. Se sentía perdida en sus ideas absolutas, sus puntos indiscutibles, sus perfectas seguridades. No le importaban en lo más mínimo sus elevados diálogos. Se aburría buscando el hilo enredado de esas charlas de nunca acabar. Política, literatura, arte, música, sociedad, historia, todos los temas le daban lo mismo. Todo era el ir y venir del aire. Todo era el ritmo lento, tranquilo de ese corazón.

Recostada sobre ese pecho se dejaba adormecer por esa voz apagada que resonaba en su cuerpo. Esa persona que hablaba bajo, porque la imaginaba dormida y no deseaba despertarla. Los susurros no alcanzaban a captar su atención, mas esa voz distorsionada, esa voz que no se escucha, que se siente, esa voz que no salía de su boca, sino de su pecho, de su panza; esa voz que no era voz, que era más grave, más apagada, pero que seguía siendo de ella. Esa casi voz que lograba hipnotizarla. Ese sonido profundo que la rodeaba.

Sentía el resonar de esa voz, el ritmo tranquilo de ese corazón, el subir y bajar de ese pecho con el entrar y salir del aire. Se sentía protegida por ese brazo delicado que la envolvía. Ese brazo que de cuando en cuando la acercaba hacia ese otro ser que la hipnotizaba. Cuando ella la abrazaba, entre discusiones prescindibles y susurradas, se sentía protegida. En esos momentos, de cuando en cuando, se sentía protegida, se sentía feliz. En esos momentos, de cuando en cuando, lanzaba un corto suspiro.

Esas noches eran infinitas. Esas noches de reuniones, de ir y venir de ideas, de horas interminables en algún minúsculo departamento de alguno de los del grupo, de gente echada en el piso, de gente sentada en sillas, de gente acomodada en mesas, de alguna botella que daba vueltas, de algunas frazadas desparramadas por ahí. Esas noches llenas y vacías de gente, bohemios, locos, raros, serios. Gente que se creía importante. Gente que creía que decidía cosas importantes. Gente importante. Y gente no tanto.

Jamás hubiera terminado en ese ámbito plagado de pretensiones, de altanería, de gente que se cree importante, de gente que era importante. No lo soportaba. Pero no hablaba, tomaba un sorbo de la botella, recogía alguna de las frazadas y se acomodaba contra ese cuerpo en un abrazo tibio, un abrazo de hogar, un abrazo de cariño, un abrazo de pasión, un abrazo de seguridad. Se adormilaba mientras los del grupo hablaban, mientras ella argumentaba, mientras muchos las miraban con envidia.

Envidia. ¿Envidia de qué? ¿Envidia de quién? ¿De la que no pertenecía allí por estar allí? ¿De ella que la había traído, porque podía? No. Envidia de eso. De eso que ellas tenían. No era envidia de la durmiente por estar en esos brazos. No era envidia de ella por tenerla en su regazo. Era envidia de eso que compartían. De ese abrazo tan íntimo y a la vez tan fraternal. De esa respiración acompasada a cuatro pulmones. Porque no las deseaban a ellas, deseaban eso. Ese momento. No las odiaban por eso, de hecho las apreciaban. Pero les tenían envidia.

Sin embargo no estaba consciente de todo eso, o no le importaba. Sólo estaba consciente del ir y venir del aire. Del resonar de esa voz. Del ritmo tranquilo de ese corazón. Del bajar y subir de ese pecho. Del delicado brazo que la rodeaba y que de cuando en cuando la acercaba a ese cuerpo. De los labios que de cuando en cuando rozaban su frente. Del calor que emanaba de ese cuerpo. De la frazada que acariciaba sus pies descalzos. Del fuego que provocaba el licor en su pecho. De su imaginación que volaba junto con el fuego que provocaba el licor en su pecho. De ese cuerpo. De ese abrazo. De ella. Ella estaba consciente de eso. De sólo eso. De solamente eso.