Salida Porteña

abril 2019

Llegaron a la parada sudadas y pegajosas. La humedad de la ciudad, sumada al calor típico de Buenos Aires en febrero había transformado al asfalto en una fuente inagotable de vapor

Luciana se puso en cuclillas y respiró profundo, tratando de conjurar imágenes gélidas: los glaciares del Perito Moreno, cuando se acaba del agua caliente en la ducha, cuando te olvidás el saquito y entrás al cine con aire acondicionado, y otras escenas similares. Resultó inútil. Su imaginación no era digno contrincante a un día de cuarenta a la sombra. Se enderezó y palmeó los bolsillos de sus bermudas sin éxito. “¿Me pasás la SUBE?” “Si la tenías vos” contestó distraídamente Violeta parándose en la mitad de la calle; ritual típico para la convocatoria bondística. “No, estoy segura de que te la di” insistió Luciana. Violeta lo vio doblar a lo lejos, “dale, boluda que llega el 42”. Luciana se sacó la mochila y empezó a revolver con ansiedad. “No sé, Tati, no la estoy viendo”. “Dale, que si la buscamos cuando estemos arriba…” Violeta se acercó a Luciana y le susurró “la vieja de atrás nos va a ojear”. Luciana revoleó los ojos pero no dejó de revolver “sí, sí, apurame que así la busco mejor” “¡Apurate!” gritó Violeta en su oído. Luciana hizo una pausa, dudó si asesinarla valía la pena, decidió que no y suspiró profundamente. “Era. En. Joda. Tati” le dijo a su amiga, acentuando cada palabra. Volvió a concentrarse en la búsqueda y dijo con enojo contenido “Poné la manito, lo único que nos falta es que no pare”

Violeta vio al colectivo acercarse con velocidad y alejarse aún más rápido. Miró por un momento su brazo estirado, preguntándose si era acaso una ilusión óptica. Se dio media vuelta y notó que otras personas también lo habían parado, por lo que decidió que no era esa la razón. “Me estás cargando” masculló. Luciana olió el humo del tubo de escape que se alejaba raudamente y miró a Violeta “¿¡Qué pasó!?” “No paró” dijo Violeta encogiéndose de hombros. Luciana la miró a los ojos, investigando su intención, y no encontró un gramo de malicia. Tomó otro respiro profundo y con tono de maestra jardinera dijo “sí, eso lo vi”. “¿Y qué preguntás entonces?” interrumpió Violeta. Al carajo la respiración zen “Me tenés las bolas al plato, nena, ¿por qué no paró?” exigió. “No sé”. Luciana se dirigió a la señora sentada en la parada “Disculpe que la moleste señora, pero ¿usted habrá visto por qué no paró el colectivo?” “Estaba fuera de servicio, ¿no vieron el cartel?” contestó, seca, la mujer. “No, nos lo perdimos, muchísimas gracias”. 

Luciana exhaló despacio. “Tati, no llegamos más, ¿dónde era que quedaba?”. Violeta leyó de la palma de su mano, “La Mafalda” “Pará, ¿la que queda por Maure?” “Sí, me interrumpiste, también puse “maure y arenal”” “Concepción arenal, será”. Violeta miró a su amiga y contestó un tanto ofendida “no entraba y sabía que sabíamos, ¿hace falta el comentario?” Luciana se quedó callada un momento. Abrió la boca pero la volvió a cerrar. “Tenés razón” dijo con suavidad “perdón, no hacía falta, es que el pegote este me tiene fastidiosa, mi comentario fue innecesariamente ortiba” “Ay, todo bien, Lu, no hace falta que te pongas tan seria” Luciana miró su reloj, “estamos llegando súper sobra la hora, ¿tantas ganas tenés de ver tocar a tu primo?” “Más o menos”. Echó una última mirada al interior de su mochila. “Bueno, tampoco encontré la SUBE, así que no sé cómo vamos a llegar tampoco” “Y no, si la tengo yo” 

El olor de los campos de lavanda a su derecha le inundó el olfato. La suave brisa que corría le revolvió la pollera. Luciana se ajustó el pañuelo que sujetaba su sombrero de paja y dejó su canasta en el piso. Miró hacia el horizonte, celeste eterno paralelo al verde del campo, también sin fin. A su izquierda sintió los cientos de soles que la miraban y sin abrir los ojos, les devolvió la sonrisa. “Lu, ¿estás bien? No me mates”. Luciana levantó la palma, solicitando silencio, tratando de volver al estado de nirvana necesario para no tener que explicarle nada a las autoridades. 

“Dame un minuto, Violeta”. Inhaló, exhaló, inhaló, exhaló y finalmente se entregó. Pensó en regocijarse en el hecho de haber tenido razón. Pero luego lo consideró mejor. Con Violeta, lo mejor era entregarse. “Bueno, Tati, dame la SUBE y a partir de ahora la llevo yo”. Violeta sonrió al ver a la nube alejarse del rostro de su amiga. “Ahí te la doy, la tengo en el bolsillo del short” Luciana miró la pollera de Violeta primero, y su cara después. “El short que te cambiaste porque hacía calor” “Efectivamente, compañera, el short que dejé en lo de tu vieja” La resignación de Luciana era tangible “en fin”. “¿Qué querés hacer?” preguntó Violeta. “Ya fue, volvamos”. “¡Dale, Lu! ¡Y fumamos unas florcitas en la terraza” Luciana sonrió, “dale, y escuchamos el nuevo de la vela”. Las dos amigas se miraron, compartiendo una vez más esa frecuencia tan de ellas. “Dale, Lu, me encantó. A mi primo no me lo fumo”.