Silla
Creatividad
marzo 2019
La imitación era su arte. Cuadro tras cuadro una meticulosa reproducción de la realidad. La baldosa con la que se había tropezado el día anterior aparecía ahora en el lienzo, los mismos colores, la misma esquina rota donde al apoyar su pie había perdido el equilibrio. Una imagen repetida. Como todas las anteriores. Cada vez que trataba de imaginar veía sólo recuerdos. Años de usar los ojos le habían destruido la mirada. Ahora sólo agendaba, asignaba a cada recuerdo un futuro gemelo idéntico. Sólo pintaba para dejar de acumular. Tantas imágenes encajonadas que nunca había espacio para algo nuevo. Era incapaz de crear.
Como todos los días, se paró frente al atril. Acomodó a su lado su arcoiris de lápices acuarelables. Ordenados por gama, intensidad, saturación. Uno al lado del otro. Con sus puntas recién afiladas para mayor precisión, con el vaso con agua para desperdigar el color. Siguiendo el consejo número setecientos de otres artistas empezó con los ojos cerrados, agarrando colores al azar, errándole a veces al vaso de agua, manchando la tela sin ton ni son. Se sintió libre, la creación estaba sucediendo, su mano se deslizaba sin recuerdo alguno. Al abrir los ojos le ganó la desesperación. El árbol de tilo que había visto ayer le sonreía ahora desde el atril. La verosimilitud era feroz. Idéntico su árbol de tilo al árbol de tilo que no era suyo. Tiró el cuadro al suelo, estrelló sus lápices contra la pared. El suelo detuvo sus rodillas y la remera sus lágrimas.
Moqueando fue a buscar los lápices. Ellos no tenían la culpa. Sus puntas antes perfectas ahora quebradas le reprochaban el exabrupto. Aceptó que ese tampoco sería el día en el que inventase. Se resignó y fue a buscar el sacapuntas, pretendiendo dejar todo listo para el día siguiente pero el cansancio hizo que se detuviera. Dejó los lápices desperdigados, guardó el sacapuntas en el cajón.
En la entrevela se preguntaba cómo dejar huella, cómo explicarle al mundo que su arte existía. Sus lápices con las puntas golpeadas lo miraban desde sus diversos escondites. No podría dormir hasta no resolver eso. Tampoco podría encontrar la solución a su repetición antes del amanecer. O eso creía.
Agarró un bloc de dibujo de su biblioteca, el sacapuntas del cajón, el bisturí de la cartuchera, y los lápices del suelo. Empezó con los azules, usando alternadamente el bisturí y el sacapuntas para encontrar el ángulo perfecto. Sacaba punta, probaba en el bloc, raspaba un poco, volvía a probar. Uno tras otro los azules se fueron agotando. Hizo la transición a los verdes, para pasar a los amarillos, después a los naranjas y luego los rojos. Cómo dejar huella. Cómo dejar su marca. Cómo apropiarse de sus pinturas, de sus dibujos, de sus herramientas, de su tinta. Se preguntó si no sería su caja de colores la que le llenaba de restricciones. La movió a un lado y empezó a buscar alguna otra pintura. Acuarelas, acrílicos, témperas, óleos, pasteles, grafito. Todos abandonados años atrás en función de perfeccionar su técnica de lápices. Luego de revolver el armario volvió a su escritorio a sentarse. Se miró las manos. Tal vez ellas eran las que detenían su imaginación. Tal vez eran ellas las que atrapaban sus sueños e impedían la creación. Cómo dejar huella. Cómo apropiarse de la tinta.
Se armó de determinación y esa noche creó. Buscó un lienzo en blanco y creó un amanecer inventado. Marcó la tela con su imaginación. Los colores saturados le permitían por primera vez despertar. A medida que pintaba iba retocando sus colores con el sacapuntas o el bisturí así fuera necesario. Para los trazos más delicados requería de un punta fina y redonda, eso se hacía con el sacapuntas. Para pintar espacios necesitaba más superficie, eso se hacía con el bisturí. Pintó hasta la madrugada, cuidándose de no ver salir el Sol, por miedo a que su amanecer no fuera creado, sino un recuerdo del día siguiente.
Quedaría su huella en la historia. O su falta de huellas. Quedaría su tinta en el lienzo. El amanecer cambiaría de color junto con el día. Al anochecer, de sus rojos quedarían sólo marrones.
Distancia
octubre 2011
¿Cómo distinguir entre aquellas personas a las que les borrarás la cara y les quitarás el nombre, de aquellas a las que recordarás, que te marcarán, y que extrañarás a pesar de todo? Del tiempo, de la distancia. ¿Cómo enfrentarse en el presente a una vida que dura una vida? ¿Cómo diferenciar el amor de la simpatía antes de que sea tarde?
¿Tendrá sentido en veinte años haber perdido a alguien por algunos miles de kilómetros? ¿Me acordaré acaso de su sonrisa? O tal vez la deforme. O tal vez la vuelva irritante, y la recuerde insoportable para poder seguir viviendo. O tal vez la viva extrañando, arrepintiéndome de no haber hecho lo imposible. O tal vez me dé por vencida, y desista de buscarle respuesta a tantos por qués del travieso destino. O tal vez esté exagerando. Imposible decirlo, imposible saberlo.
La palabra amor siempre es demasiado fuerte, pero hacia atrás sólo se ven amores perdidos. Por momentos la gente pierde sentido, y por momentos es el tiempo el que se vuelve absurdo. Todo pasará. Todos somos pasajeros, todos finitos. La pregunta que resuena en el fondo de nuestra mente. “¿existe el más allá?”. Porque no es sólo la muerte la que aleja a las personas. Y es cuando sentimos que una lucha se avecina que aparece aquella duda inevitable.
¿Vale la pena que luche por tí?
Avivando el Fuego con Frazadas
O creía saberlo.
Mi madre diría:
"Le temes al éxito"
O simplemente soy cobarde.
Simplemente no me gusta aventurarme.
Simplemente soy insegura.
Simplemente no puedo confiarme de tal modo a otro.
Abrir un aspecto de mi alma
que hasta el momento pocos conocen.
Ni yo ahondo en ese terreno,
porque temo lo que pueda encontrarme.
No soy capaz de darle todo.
Siento que nadie lo merece,
pero sin embargo mis sueños no mienten.
Hay algo dentro mío que se opone a mi razón.
No sé si debería darle oxígeno
o apagarlo antes de que sea un incendio.
Temo tardar demasiado en darme cuenta
Boca Interrumpida
Una sonrisa que empieza por ambas comisuras. No por los ojos. Los ojos se mantienen severos, fríos. Una sonrisa que parece mueca, fruto solamente de la flexión de los músculos. Extiende lentamente los labios, como si las orejas hubieran atrapado esas comisuras con dos anzuelos. El movimiento podría ser sólo una ilusión, una extensión en el tiempo, como la flecha de Zenón, cubriendo distancia a ritmo inexistente, pero ganando terreno de todos modos. Un movimiento deliberado, cruel, antinatural, un movimiento a pesar del dueño de esos rasgos.
La intención es clara, pero de origen desconocido. A medida que las esquinas de su boca buscan su nuca se puede ver su piel tensarse, adivinar los tendones sufriendo el esfuerzo de la contradicción entre mantener el cuerpo unido, piel con piel, y continuar esa sonrisa que pareciere buscar el infinito.
Los ojos ya rendidos, pero sin cansancio, abiertos de par en par, exhibiendo esferas blancas, verdes y negras, con sus pupilas suspendidas en el centro, proyectando una recta eterna hacia la nada. Ojos que ya no ven, que tan sólo existen y alertan de un peligro ya ajeno a la voluntad propia.
Y la sonrisa sigue creciendo. La piel rosada de sus labios se desgarra por el centro, las comisuras, con propósito, se buscan del otro lado del cuello. Un almohadón gastado, cuyo relleno rebalsa de la débil tela. La simetría persistente expone la encía, los dientes, por debajo de la nariz, a uno y otro lado del centro total. Manos que se desenlazan, que al soltarse vierten sangre; los músculos y los nervios deshilachados a uno y otro lado del centro total. Lombrices partidas al medio, retorciéndose desesperadas, buscándose para volver a ser uno. Y la sonrisa siguió creciendo. Las orejas inmutables dejan correr ese tajo que empapa los lóbulos con carne expuesta. La herida acelera su inexistente paso de modo vertiginoso, una lenta y delicada guillotina que rodea al desgraciado, ahora veloz. El rostro tapado por un barbijo de entrañas. La pera, un rojo triángulo invertido que se expande con cada segundo. La nariz intacta, burlándose de la anatomía estudiada.
Nombres
Porque no tendría sentido.
Uno no se olvida, el recuerdo se desgasta.
Pero sigue ahí.
Y no te avergüences si te siguen dando cosquillitas en la panza.
Y no te enojes con vos si cada vez que decís el nombre sonreís.
O cada vez que lo pensás.
Porque los nombres son algo muy poderoso.
No es lo mismo que un sobrenombre.
Cuando vos decís Lau, no es lo mismo que hablar de Laura.
Cambia.
Cuando pensás en Santi, no hablás de la misma persona que cuando sí hablas de Santiago.
Podés guardarte el nombre.
Los nombres son cosas poderosas.
Podés guardarlo bien cerca tuyo.
Y que con el tiempo el recuerdo se desgaste.
Que cada vez que aparezca ese nombre, signifique cada vez menos.
Porque eso es superar algo.
No olvidarlo, si no convivir con ello.
No intentes olvidarte del nombre.
Guardalo, atesoralo.
Que los nombres son cosas muy poderosas.
Andá gastando el sentimiento.
Explotalo.
Llorá, escribí, actuá.
Aprovechalo.
Sentí el dolor, y después dejalo irse.
Y no te creas que ahora mismo va a doler menos.
Pero poco a poco, con el tiempo, ya no vas a necesitar llorar.
Y cuando te preguntes qué es lo que te hacía llorar, repetí el nombre. Y sonreí.
Baúl de Cenizas
pero con nuevas intenciones.
Pensando en rostros aniñados,
soñando con sus actuales versiones.
Está ese,
que me enamoró con sus acordes,
y aquel otro,
al que descubrí cuando dejé de verlo.
Si busco un poco más
lo encuentro a el niño de ojos claros,
quien me rompió el corazón
por vez primera.
Si juego con el presente
no dejo de ver nombres.
Aquel que jamás supo de mi existencia,
o al menos eso creo.
Si me adelanto un poco más,
veo a otro de ojos claros.
Pareciere que me atormentan,
o que los busco imposibles.
Con un pasado tan aburrido;
no logro confrontar mi presente,
simplemente no lo encuentro.
No Hace Tanto
No pasó un mes desde que te fuiste y sin embargo siento que hace años que no nos miramos. En estos momentos pienso, me imagino, supongo un agujero negro gestándose en el medio del Atlántico, a la altura de las placas tectónicas. Un vacío que todo lo chupe, y que acerque así a las dos islas de tierra. Que como un tornado que en vez de dispersar engulle. Que el agujero trague agua, mucha agua, generando una suerte de sopapa gigantesca, una succión impresionante que atraiga a tu pedazo de hielo y a mi pedazo de alfombra, para que minutos antes de eclosionar, segundos antes de que el resto del Mundo se vea desaparecer podamos al fin hacer cierta la idea: estaremos juntas hasta que se acabe el mundo. Pasaremos el resto de nuestra vida juntas. Aunque eso sea tan solo un rato.
Fotografiada
Rápido, rápido,
impiden que me mueva.
Mi ser lo chupa,
la máquina indecente.
Imagen plasmada,
en la horrible pantalla.
Horrible, congelada;
sin vida, asesinada.
La vida sin movimiento
entorpece hasta a los objetos.
¡No me entorpezcan!
Ruega la nueva estatua.
Poema al Hombre Invisible
Poema al hombre invisible,
poema al hombre insensible,
no porque al quemarte
de dolor carezcas.
Si no que jugamos
en contra de la marea.
Sin haber venido
estás y no estás.
No te culpo en lo absoluto,
son los litros de mar.
Mil botellas tiro al agua,
y todas llegan a buen puerto.
El náufrago sonríe,
“sin embargo sigo muerto”.
Poema al hombre intangible,
cuyo cuero cae al piso.
Absurda piel que se deshace
entre tinta, red y hechizo.
Poema al fantasma despierto
cuyas cadenas caen sueltas
en firuletes violentos
rompiendo puertas abiertas.
Poema para el dormido,
para el calmado, el tranquilo.
Poema para que empuje
Labios con Sabor a Sueños
Esa fina línea entre verdad y fantasía lentamente se iba disolviendo. Cada sueño borraba palabra por palabra los textos destinados al mundo de lo tangible. Poco a poco los labios tenían sólo el gusto de lo efímero, de lo imaginado. Labios con gusto a imaginación. Mas los besos, repetidos por millones, en la escuela, en la fiesta, en el cuarto, en la cama; los besos ya existían. Besos con gusto a fantasía, sin embargo besos.
Porque no importaba lo que en verdad sucediera, ya que la verdad se desdibujaba cada noche. Con cada amanecer se sacrificaba un momento. Con cada vez que el Sol asomaba había una nueva historia que se sumaba a esa neblina del limbo entre dos mundos. ¿Acaso era una hora de verdad que se perdía o un sueño de mentira que se agregaba? No había manera de saberlo. Pero de todos modos no importaba.
Ningún momento de cruda verdad se acercaba a los fantásticos sueños; y ningún sueño se acercaría jamás a la realista verdad.
Manchas
Bzzz… mueve la mano.
Bzzz… mueve la mano.
Bzzz… Con pesar prendió la luz y rápidamente metió la cara en la almohada. Ese era siempre el problema de prender la luz. Malditos ojos que necesitan tiempo. Sacó la cabeza de la almohada y se tapó el rostro con las manos. Lentamente, muy lentamente, fue retirando los dedos uno a uno hasta tener visión total de su cuarto. Bzzz… “Ya te voy a encontrar” Se paró encima de la cama y empezó a observar detenidamente cada porción de su techo, cada centímetro de sus paredes, cada molécula de aire. Escudriñaba el espacio con sus ojos dormidos tratando de buscar al criminal. Bzzz… “AJÁ”. Ahí estaba… “Hijo de puta” PLAF.
Con placer se recostó nuevamente, se metió bajo la sábana, apagó la luz y se durmió.
Noche tras noche el ritual se repetía… a veces más de una vez. Los mosquitos eran inacabables pero no eran oponente fuerte para sus ágiles movimientos vengativos. No soportaba ni un solo ruido. Adiós impresora que sisea por la noche. Adiós celular que vibra contra el suelo. Pero los mosquitos no eran tan dóciles. “Mosquitos de mierda” Con placer veía sus manchas. Su techo era un gran cementerio. Sonreía cada vez que veía esas manchas. Cada mosquito, cada zumbido, cada molestia equivalía a una mancha.
Los días pasaban y las noches de verano se alejaban para dar lugar al fresco otoño y al frío invierno. Los mosquitos se fueron haciendo más escasos hasta desaparecer de su casa, de su barrio y de su ciudad.
Llegó la primavera y ella los esperó con paciencia, pero no llegó ni uno. No los extrañó, pero su ausencia le generaba cierta intriga. No la suficiente como para meditarlo, por lo tanto saltearé sus otras meditaciones.
Pasó septiembre y llegó octubre, mas los mosquitos no aparecían. O por lo menos no lo hicieron hasta cierto día. Cierta semana en que la tele ya empezaba con los especiales de Halloween. “No se puede prender la caja en esta época” Cobarde como ella sola detestaba el maldito octubre. Pero no será el día de Halloween el que cambie su vida.
Llegó el 20 de octubre y los mosquitos no volvían. Llegaron también el 21, 22, 23 y 24 sin los pinches mosquitos. Pasaron también el 25, 26, 27, incluso el 28 y el 29. Se fueron el 30 y el 31 sin aviso. Fue en noviembre la tragedia.
El día primero de noviembre se fue a dormir como de costumbre. Se lavó los dientes como de costumbre. Se sacó los pantalones como de costumbre. Se cambió la remera como de costumbre, mas cuando se fue a la cama como de costumbre, notó algo extraño. Algo fuera de lugar, algo que estaba mal colocado. O que no estaba.
Como había sido un día largo no tardó en conciliar el sueño. Incluso con ese sentimiento tan desagradable, la vigilia no tardó en abandonarla.
Bzzz… mueve la mano.
Bzzz… mueve la mano.
BZZZ…con pesar prendió la luz, pero nada sucedió. Bzzzzzzzz… abrió los ojos intranquila “Otra vez se cortó la luz y este mosquito me está matando” Claro que no tenía idea del alcance de sus palabras. Volvió a mover la mano intentado quitarse al molesto de encima cuando una luz se encendió, pero no la que ella hubiese deseado. Su cerebro se iluminó con la claridad del que entiende algo que llevaba largo rato procesando. “Las manchas” Al fin había dado en el clavo. Las manchas no estaban. Faltaba ese cielo tan peculiar que era testigo de tantos pecados. Su techo estaba completamente limpio cuando se fue a dormir ese primero de noviembre. Bzzz… se dio vuelta y, como si tratara de ver el techo, abrió los ojos bien grandes. Se dio cuenta que la luz estaba prendida, mas algo cubría su visión. De repente sintió que su pierna le molestaba. En un acto reflejo se rascó la picadura. Bzzz… sintió que le picaba el brazo. Se rascó. Bzzz… La pierna estaba insoportable. Bzzz… el brazo la estaba matando. Bzzz… cuando volvió a rascarse la pierna se dio cuenta del daño que se estaba haciendo, pero no podía evitarlo. Bzzz… “¡Ese ruido!” Bzzz… su mano estaba roja de la sangre que fluía de su pierna. Bzzz… Su brazo izquierdo estaba ya inútil del daño hecho por las hábiles uñas de su mano derecha. Bzzz… “Mosquitos de mierda” Bzzz… Mosquitos de mierda” Bzzz… “Mosquitos de… mierda”
Bzzz… “Mosquitos… de… mierda”
Bzzz…
Bzzz…
Bzzz…
El Partido
2012
Ya estaba harto de tener que caerles bien a mis clientes. Ni siquiera. No eran mis clientes, eran los clientes de mi compañía. Ni tanto. No mi compañía, la compañía en la que en esos momentos trabajaba. Creo que eso es bastante preciso. Estaba harto de tener que caerles bien a los clientes de la compañía para la que trabajaba en esos momentos. De eso por lo menos estaba seguro. No así de dejar el trabajo, por lo tanto la reflexión anterior perdía un poco de fuerza. O toda.Mi trabajo era ser cadete. Era agotador y de poca paga, pero era el trabajo que tenía. Mejor que otros estaba. No era fácil trabajar siendo estudiante. Mucho menos, siendo de la UBA. Más aún, de la facultad de Sociales. Y ni te cuento, estudiante de Sociología. Era por poco la escoria de la sociedad. O eso nos hacían creer.
Ese día tenía que encontrar a uno de los clientes en un partido de fútbol. El hijo del señor jugaba un torneo al que “no podía faltar, pero no tengo problemas de hablar en el entretiempo”. Honestamente me encontré sorprendido… 5 años y jugando un torneo… era un poco pronto para inculcar la competitividad, pero esos no eran –ni son- pensamientos que uno debe decir en voz alta. “La competencia es la base de nuestra sociedad”, eso sí se puede decir.
Más allá de mis pensamientos varios allí estaba, en el medio de la tribuna buscando al Señor Apellido. Cuando lo encontré nos saludamos y me pidió –bueno, pedir requeriría asentimiento de mi parte, exigir es más apropiado- que esperase a que terminase el primer tiempo para firmar el maldito recibo.
Con la resignación habitual me senté y me puse a ver a los niñitos correr de un lado para el otro. Los equipos eran Solcelestiblanquis contra Estrellinaranja, nombres propios de equipos tan infantiles. Las camisetas representaban estos nombres de fantasía a la perfección. Corrían para acá, corrían para allá sin mucho sentido. Al fin y al cabo, tenían entre 4 y 6 años. Tan pequeñitos. Luego de algunos minutos noté que el árbitro estaba… comprado no es la palabra, ¿quién le pagaría a un árbitro de un partido tan… chiquitín? Sin embargo esa era la sensación. Todo cobraba para los celestinosecuántos. Todo para los celesti, todo para los celesti. En un momento se me ocurrió la fantástica idea de comentar, muy casualmente con la persona que estaba a mi derecha. “Qué loco, ¿no? parece comprado, jejeje”. Mi muy inocente comentario resultó… no muy inocente. “¡Pero qué dice, es todo según el estatuto!” Decidí callarme. Noté como discretamente alguien que estaba adelante mío se alejaba un poco sin decir nada. Como el que estaba a mi otro costado hacía la vista gorda. El señor al que le había comentado me seguía mirando con cara de enojo. “Haga el favor de mirar el partido en silencio, ¿quiere?”. El cliente que estaba unos espectadores a la izquierda nuestra me miró con cara de “No haga espectáculo.”
Con un suspiro interno que rebalsaba hastía me callé todo lo que podría haberle dicho. Para qué pelearme. Continué mirando el partido. Noté con desagrado cómo el entrenador trataba a los niñitos. Nunca me gustó la relación horrible que se generaba. Violencia. Para mí, eso era violento. Sé que en los deportes es así, pero no deja de sentarme mal. El partido era mortalmente aburrido, por lo que decidí dirigir mi atención a los que estaban en la banca. Querían jugar. Lo notaba. Movían sus piernitas en el aire. “Elíjame, elíjame”. Incluso podía escuchar a alguno quejarse bajito, “siempre juegan los mismos”, hacer un puchero y mirar a los otros en busca de consenso. Cinco años y ya sabían lo que era sentirse relegados.
Pude ver como uno estaba a punto de llorar. Miré a los jugadores del celestialgo, se los notaba cansados. Exhaustos. Pero seguían corriendo. Algunos alentados por los gritos de sus padres, las palabras de aliento se mezclaban con los reproches vociferados como si fuera una final trascendental. Siempre detesté a esos padres. Y ahí estaban “Corré PELOTUDO” Chiquitos de cinco años. Madres que se agarraban de los pelos “PERO DALE, TENÉS QUE SER GIL” Los deportes infantiles siempre han sabido sacar lo peor de todo el mundo. Y ahí lo veía, al siete de los celestis corriendo con las lágrimas recorriéndole la cara, porque no llegaba, porque el atacante del naranji era más rápido, porque él no llegaba, porque él no llegaba, porque el padre le gritaba “QUIÉN TE ENSEÑÓ A CORRER”, porque él no llegaba. No pude más. Me levanté y de un grito le dije al entrenador, “¡Oiga, que el chico está sufriendo!”. Error. Error. Error. Horror. Horror. Error. El de naranji se frenó en seco. El de celesti con las lágrimas todavía en los ojos me miró. Me miró fijamente. Con un odio que no puedo comprender. Que no pude comprender. Yo lo estaba defendiendo y él me detestaba, cada fibra de mi ser. Cómo me atrevía a hablar de él. Le estaba dando carne al entrenador. Me estaba metiendo con el entrenador. Como en un sueño escuché al entrenador burlándose del chico, “Ah, ¿y quién es tu amiguito?”. El chico me odiaba. Nada más importaba.
Agarró la pelota del naranji que se había quedado congelado. Con sus cinco años de humanidad el naranji reconoció la furia en su contricante. El siete agarró la pelota. El siete la sostuvo a la altura de su cabeza. El siete la dejó caer. Y mientras estaba en el aire la pateó. Con todas sus fuerzas. Hacia mi dirección. Y vi la pelota viniendo. Nunca creerían la fuerza que tiene un niño de cinco años. Venía con la ira contenida. Y me golpeó. En la cara. En plena cara. La gente sentada alrededor mío se movía, se hacían los distraídos. Pude sentir la risa del árbitro. La aprobación del entrenador. Y el dolor. Sentí la pelota. Sentí el golpe. Y después, oscuridad. Me caí al suelo. Creo que todavía no me volví a levantar.
Mirando hacia el Otro lado
déjenme sola.
No los soporto,
déjenme ser.
Con sus ánimas de desdén
puedo sentir el desprecio.
Me miran de arriba,
y con la cabeza inclinada.
Pero yo sé que sucede,
puedo ver a través
de ese muro de carne humana
que me sabe atormentar.
Sé que cuando saque
tan sólo un ladrillo,
la pared caerá,
junto con sus prejuicios.
Y así,
una vez deseche los escombros,
podré sonreír,
junto con los humanos que ahora me miran a los ojos.
No Debo Olvidarme
no quiero amarte.
Sólo quiero sentirte.
No te sientas especial,
podrías ser vos o cualquiera.
El problema es que te ponés cerca.
Un pasito para allá
y me das asco.
Un pasito para acá
y ya no aguanto,
necesito que te alejes.
Pero cuando me tocas
me olvido de todo.
Absolutamente de todo.
Te separás y recuerdo.
Doy las gracias al cielo.
¿Cuándo sucederá en conjunto?
Que quiera todo.
Ver, oír, amar,
sentir.
Por ahora alejate.
No quiero necesitarte.
Necesito olvidar el éxtasis
y recordar quién sos.
Despreocupada
Morimos seguido.
Nos matamos seguido.
Borramos de la existencia
partes nuestras
todo el tiempo.
La muerte final asusta,
pero no veo muy claro a quién.
El acto más egoísta existente,
el más cruel.
Porque es una mentira que se muere solo.
Se arrastra una parte.
Matamos al morir
porciones de otros.
Angurrientos secuestramos
aguas de los otros.
Como si supiéramos
que a donde sea que no vamos,
hay mares que crecen.
En un acto final de bondad
realizamos la cuidadosa tarea
de capturar aguas saladas.
Ayudamos a los pequeños mares.
Justificamos así el asesinato
de esas partes de los demás.
Nos conciliamos con nuestro crimen.
Matamos y creamos.
Morimos y matamos.