septiembre 2018
Una sonrisa que empieza por ambas comisuras. No por los ojos. Los ojos se mantienen severos, fríos. Una sonrisa que parece mueca, fruto solamente de la flexión de los músculos. Extiende lentamente los labios, como si las orejas hubieran atrapado esas comisuras con dos anzuelos. El movimiento podría ser sólo una ilusión, una extensión en el tiempo, como la flecha de Zenón, cubriendo distancia a ritmo inexistente, pero ganando terreno de todos modos. Un movimiento deliberado, cruel, antinatural, un movimiento a pesar del dueño de esos rasgos.
La intención es clara, pero de origen desconocido. A medida que las esquinas de su boca buscan su nuca se puede ver su piel tensarse, adivinar los tendones sufriendo el esfuerzo de la contradicción entre mantener el cuerpo unido, piel con piel, y continuar esa sonrisa que pareciere buscar el infinito.
Los ojos ya rendidos, pero sin cansancio, abiertos de par en par, exhibiendo esferas blancas, verdes y negras, con sus pupilas suspendidas en el centro, proyectando una recta eterna hacia la nada. Ojos que ya no ven, que tan sólo existen y alertan de un peligro ya ajeno a la voluntad propia.
Y la sonrisa sigue creciendo. La piel rosada de sus labios se desgarra por el centro, las comisuras, con propósito, se buscan del otro lado del cuello. Un almohadón gastado, cuyo relleno rebalsa de la débil tela. La simetría persistente expone la encía, los dientes, por debajo de la nariz, a uno y otro lado del centro total. Manos que se desenlazan, que al soltarse vierten sangre; los músculos y los nervios deshilachados a uno y otro lado del centro total. Lombrices partidas al medio, retorciéndose desesperadas, buscándose para volver a ser uno. Y la sonrisa siguió creciendo. Las orejas inmutables dejan correr ese tajo que empapa los lóbulos con carne expuesta. La herida acelera su inexistente paso de modo vertiginoso, una lenta y delicada guillotina que rodea al desgraciado, ahora veloz. El rostro tapado por un barbijo de entrañas. La pera, un rojo triángulo invertido que se expande con cada segundo. La nariz intacta, burlándose de la anatomía estudiada.