Irrefrenable

junio 2011
Es como si se estuviese muriendo. Tiene una vida hecha. La está viviendo, pero está hecha. Terminada. Dicen que uno siempre puede seguir aprendiendo, que uno siempre aprende, cambia. Pero no lo siento así. Él no aprende más. Ahora enseña. Ya está, se terminó. Trata de extraerle los últimos resquicios de libertad a una vida destinada a encarcelarse. Una vida clase media, con obligaciones de normalidad. No me da envidia, si no miedo. Se está muriendo. En un par de años también yo empezaré a morirme. A terminarme. Veo a mucha gente morirse de a poco. “Ahora la vida empieza”. Pero yo sólo veo un abismo por delante, una caída lenta de la que nadie sobrevive.

Él está cerca del suelo. Trata de tomar las últimas ramas que se asoman de la pared de piedra sin saber que ya casi termina. Que son las últimas ramas. Las últimas oportunidades de salvarse.

Yo lo veo caer y no comprendo su sonrisa. Se está muriendo. Muere inevitablemente y sonríe. Estira sus brazos para agarrar las ramas y salvarse. Pero muere. Sin lugar a dudas muere.

Mientras, yo siento que estoy siendo empujada al borde del aterrador abismo. Me arrodillo, trato de agarrarme del suelo, araño la tierra; pero soy irrefrenablemente arrastrada hacia ese borde mortal. El inconmovible tiempo me tira sin piedad al frío y oscuro vacío. Mientras caigo escucho músicas, veo ciudades, río, lloro, acaricio cuerpos, beso labios, duermo, me despierto, veo gente, la veo desaparecer. Y sigo cayendo. Y estoy muriendo.