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Salida Porteña

abril 2019

Llegaron a la parada sudadas y pegajosas. La humedad de la ciudad, sumada al calor típico de Buenos Aires en febrero había transformado al asfalto en una fuente inagotable de vapor

Luciana se puso en cuclillas y respiró profundo, tratando de conjurar imágenes gélidas: los glaciares del Perito Moreno, cuando se acaba del agua caliente en la ducha, cuando te olvidás el saquito y entrás al cine con aire acondicionado, y otras escenas similares. Resultó inútil. Su imaginación no era digno contrincante a un día de cuarenta a la sombra. Se enderezó y palmeó los bolsillos de sus bermudas sin éxito. “¿Me pasás la SUBE?” “Si la tenías vos” contestó distraídamente Violeta parándose en la mitad de la calle; ritual típico para la convocatoria bondística. “No, estoy segura de que te la di” insistió Luciana. Violeta lo vio doblar a lo lejos, “dale, boluda que llega el 42”. Luciana se sacó la mochila y empezó a revolver con ansiedad. “No sé, Tati, no la estoy viendo”. “Dale, que si la buscamos cuando estemos arriba…” Violeta se acercó a Luciana y le susurró “la vieja de atrás nos va a ojear”. Luciana revoleó los ojos pero no dejó de revolver “sí, sí, apurame que así la busco mejor” “¡Apurate!” gritó Violeta en su oído. Luciana hizo una pausa, dudó si asesinarla valía la pena, decidió que no y suspiró profundamente. “Era. En. Joda. Tati” le dijo a su amiga, acentuando cada palabra. Volvió a concentrarse en la búsqueda y dijo con enojo contenido “Poné la manito, lo único que nos falta es que no pare”

Violeta vio al colectivo acercarse con velocidad y alejarse aún más rápido. Miró por un momento su brazo estirado, preguntándose si era acaso una ilusión óptica. Se dio media vuelta y notó que otras personas también lo habían parado, por lo que decidió que no era esa la razón. “Me estás cargando” masculló. Luciana olió el humo del tubo de escape que se alejaba raudamente y miró a Violeta “¿¡Qué pasó!?” “No paró” dijo Violeta encogiéndose de hombros. Luciana la miró a los ojos, investigando su intención, y no encontró un gramo de malicia. Tomó otro respiro profundo y con tono de maestra jardinera dijo “sí, eso lo vi”. “¿Y qué preguntás entonces?” interrumpió Violeta. Al carajo la respiración zen “Me tenés las bolas al plato, nena, ¿por qué no paró?” exigió. “No sé”. Luciana se dirigió a la señora sentada en la parada “Disculpe que la moleste señora, pero ¿usted habrá visto por qué no paró el colectivo?” “Estaba fuera de servicio, ¿no vieron el cartel?” contestó, seca, la mujer. “No, nos lo perdimos, muchísimas gracias”. 

Luciana exhaló despacio. “Tati, no llegamos más, ¿dónde era que quedaba?”. Violeta leyó de la palma de su mano, “La Mafalda” “Pará, ¿la que queda por Maure?” “Sí, me interrumpiste, también puse “maure y arenal”” “Concepción arenal, será”. Violeta miró a su amiga y contestó un tanto ofendida “no entraba y sabía que sabíamos, ¿hace falta el comentario?” Luciana se quedó callada un momento. Abrió la boca pero la volvió a cerrar. “Tenés razón” dijo con suavidad “perdón, no hacía falta, es que el pegote este me tiene fastidiosa, mi comentario fue innecesariamente ortiba” “Ay, todo bien, Lu, no hace falta que te pongas tan seria” Luciana miró su reloj, “estamos llegando súper sobra la hora, ¿tantas ganas tenés de ver tocar a tu primo?” “Más o menos”. Echó una última mirada al interior de su mochila. “Bueno, tampoco encontré la SUBE, así que no sé cómo vamos a llegar tampoco” “Y no, si la tengo yo” 

El olor de los campos de lavanda a su derecha le inundó el olfato. La suave brisa que corría le revolvió la pollera. Luciana se ajustó el pañuelo que sujetaba su sombrero de paja y dejó su canasta en el piso. Miró hacia el horizonte, celeste eterno paralelo al verde del campo, también sin fin. A su izquierda sintió los cientos de soles que la miraban y sin abrir los ojos, les devolvió la sonrisa. “Lu, ¿estás bien? No me mates”. Luciana levantó la palma, solicitando silencio, tratando de volver al estado de nirvana necesario para no tener que explicarle nada a las autoridades. 

“Dame un minuto, Violeta”. Inhaló, exhaló, inhaló, exhaló y finalmente se entregó. Pensó en regocijarse en el hecho de haber tenido razón. Pero luego lo consideró mejor. Con Violeta, lo mejor era entregarse. “Bueno, Tati, dame la SUBE y a partir de ahora la llevo yo”. Violeta sonrió al ver a la nube alejarse del rostro de su amiga. “Ahí te la doy, la tengo en el bolsillo del short” Luciana miró la pollera de Violeta primero, y su cara después. “El short que te cambiaste porque hacía calor” “Efectivamente, compañera, el short que dejé en lo de tu vieja” La resignación de Luciana era tangible “en fin”. “¿Qué querés hacer?” preguntó Violeta. “Ya fue, volvamos”. “¡Dale, Lu! ¡Y fumamos unas florcitas en la terraza” Luciana sonrió, “dale, y escuchamos el nuevo de la vela”. Las dos amigas se miraron, compartiendo una vez más esa frecuencia tan de ellas. “Dale, Lu, me encantó. A mi primo no me lo fumo”.


Barca sobre el Río Nilo

septiembre 2010
Vislumbro posibles futuros;
me sumerjo en predicciones.
Intento apartar mi mente
de aquello que tanto me aterra.

Pero antes que mañana
me toca luchar con hoy.
Y digo lucha, casi batalla,
remando cada metro hasta llegar mar adentro.

Me interno en aguas desconocidas,
profundas y muy pobladas,
que ni siquiera me dejan asegurada
el arribo a buen puerto.

Debo prepararme.
Lucharé en la batalla
que espero ganar. Y remaré, y remaré hasta llegar.

Amarito Quiere Volar

noviembre 2011
Es probable que nunca hayan oído hablar de Amarito, aquel que quiso volar. Es poco conocido, puesto que no lo logró. Tampoco murió en el intento. No fue cual Ícaro irresponsable, no se le deshicieron las alas. Tampoco quedó pegado a la Tierra por el peso de sus cuadradas creencias o por hacerse una capa de oro macizo. Amarito simplemente quería volar.

Amarito quiere volar. Pero no quiere volar porque necesite huir de una casa terrible. Tampoco lo necesita para escapar de una realidad pesadillesca. Tampoco es un gran soñador cuyo único anhelo es soñar. Tampoco quiso volar desde que estaba en la cuna.

Amarito no es solitario. Tampoco es un genio encubierto. Amarito no se despertará un día y volará. Amarito sabe eso, y aún así quiere volar.

Amarito no le reza todos los días a una estrella. O a un Dios de bien arriba. O de bien abajo. Tampoco escribe todos los días en un cuaderno. No se duerme ni se despierta pensando en volar. Pero a veces se acuerda. Y en esos momentos quiere volar.

Conozco un Amarito que quiere tener un trabajo. Y otro que quiere aprender a tocar la flauta traversa. Conozco Amaritos de todo tamaño y forma. Porque héroes, soñadores, diablitos, hay pocos. Pero Amaritos somos todos.

Yo conozco una Amarita que quiere escribir.

La Rosa de los Vientos

agosto 2010
Lo veo venir.
Es un sentimiento,
lo sé; sé que no es seguro.
Pero es grande y magnífico.

Siento vientos de cambio.
Presiento problemas, lamentos,
lágrimas, desdichas,
alegrías, salidas, besos.

Cambios.
Transformaciones.
Nuevos sentimientos,
aventuras, emociones.

Se avecinan,
pero yo soy la actriz principal;
si no actúo
la trama no avanza.

Nerd

abril 2013
Por un momento
pensé el leer algo
impresionante.

Escribir algo impresionante.
Algo sobre el cambio.
Y el miedo al cambio.

El miedo a no poder cambiar
junto con el cambio.
El miedo a fallar en el mismo lugar.

Pero...
pero no es lo que me sale.
Me sale otra cosa.

Quiero decir otra cosa.
Quiero hablar de algo más
De una boludez.
De la boludez que me sale escribir.

Quiero hablar de la Hermione primer libro que tengo adentro.
Y supongo otros también.
Esa persona que en medio de la clase...
cuando el docente mira,
con cara de
"no puede ser, no puede ser
que NADIE haya estudiado"
Y mi Hermione salta diciendo PROFE, NO.
JURO QUE YO ESTUDIÉ.
YO SÉ LA RESPUESTA.

Están los profes que apelan a la compasión,
"por favor, no puede ser que esto a esta altura no lo sepan"
Silencio sepulcral.
Y Hermione gritando YO LO SÉ.
YO LO SÉ.

Pero trato de callarla.
No llamar la atención.
No levantar la mano lo más alto posible
"ESTÁ HABLANDO DE LA COMPARACIÓN CON COMTE"
o alguna cosa por el estilo.
Porque no vale nada.

Pero MIERDA que cuesta.

Ejercicio de escritura - "Realicen un texto humorístico"

marzo 2019
En el reino de los peces, hay uno que es el Rey. El Pez Rey, que es lo mismo que el pez que es Rey, que no es lo mismo que Pejerrey. El Pez Rey se llama Enrique. Enrique el Rey Pez, le dicen sus súbditos, Enrique, sus amigos. Sus enemigos le dicen Enrique el Pescado. Enrique el pescado tiene contratados a dos sirenos, tres mantarrayas y setenta y siete esponjas de mar para que reciten Shakespeare 37 horas al día. Él, siendo el fundador de los shake-fanáticos, pasa la mayor parte de su tiempo corrigiéndole la pronunciación a los dos sirenos, a las tres mantarrayas y a las setenta y siete esponjas de mar. Tan intensa es la obsesión que tiene Enrique el pescado por honrar los textos originales que, entrada su decimoquinta década como monarca, aún no había podido ver una obra de principio a fin, puesto que luego de cada corrección pedía que comience todo de nuevo. El reino de los peces tenía dos enemigos: una gacela llamada Ricota y la totalidad de las almejas del océano Pacífico. Ricota había tratado de entablar comunicación con las almejas en más de una ocasión, siempre con poco éxito, dada su natural disposición a no ser una almeja. Como gacela que era, disfrutaba cada día el no ser comida por leones. Cada vez que Ricota notaba que no estaba siendo comida por un león, le daba un presentimiento de que iba a ser un buen día. Hasta que se acordaba de Enrique el Pescado. “Si quisiera no disfrutar mi día, preferiría ser comida por un león que pensar en Enrique el pescado” pensaba Ricota. Pero luego recordaba las hermosas palabras de Shakespeare y se arrepentía. “Como sol, oh, Gacela, que debes salvarte”. Como fundadora de los shake-fanáticos, Ricota no podía dejarse vencer por sus rencores.

La Nueva Doctrina CECaPista (Críticas en Familia)

septiembre 2009
Ya hemos escuchado sobre el trotskismo, el radicalismo, el oficialismo, el budismo, el ateísmo, el menemismo, el kirchnerismo, el peronismo y todos los ismos posibles. Sin embargo hasta el día de hoy las listas no podían concordar en una sola corriente. Hoy el lunes, 14 de septiembre de 2009, se ha encontrado el elemento común a todas las listas del CECaP*, más precisamente a las pasadas por divisiones de todas las listas de nuestro querido centro: el acuerdismo general.

Esta doctrina es bastante simple, consiste en contestar cualquier pregunta, acotación, crítica (tanto constructiva como destructiva) o comentario con un “Estoy totalmente de acuerdo…”. A continuación se comunicará el propio punto de vista, precedido por un “y”, como por un “además”, como con el clásico “pero”, un tanto discriminado y relegado a un tercer lugar debido a que expresa un desacuerdo demasiado explícito. Sin embargo el contenido de la segunda parte siempre o casi siempre es opuesto al comentario (porque si alguien osa hablar a los maestros de la hipnotización, suele ser para contradecir todo, o parte del discurso; una suerte de relaciones de las que cualquier profesor de historia estaría casi orgulloso, de no ser porque la mayoría de las comparaciones están más que tirados de los pelos, un escucha atento podría acotar “Qué tiene que ver la mermelada con la comisión de fomento” –a falta del famoso chancho que curte los cargos más altos de RRPP-). Además el contenido de la réplica estará repleto de notaciones destinadas a convencer al receptor. El acuerdismo es tanto aceptado como utilizado por las mentes más perversas brillantes de nuestro colegio.

El acuerdismo avanzado es un afluente del clásico acuerdismo, consistente en repetir el comentario con un matiz de ironía, como si la acotación fuera obvia, casi como una base del discurso mismo, y como siempre la segunda parte refutando la primera y con función convencitiva (me perdone el de lengua) hacia el receptor. Esta última técnica está reservada para los más hábiles, no apto para marionetas.




*Centro de Estudiantes del Carlos Pellegrini

Ejercicio de escritura - "Utilicen neologismos"

marzo 2019

Panturno, de sombrero turante y asdrupuloso; si bien podía también enderezarse y sonatar ante un estadio repleto, inevitablemente volvía a su tenuria habitual. De lejos podía olérselo llegar, con este tufo a pertalante tan impersonal en bajas dosis, pero específica a don Braulio en las cantidades con las que se desprontalaba el producto. Todas las mañanas se podía ver a don Braulio destragateando contra la vereda, para disgusto de les pemdragones del barrio - y para gusto de sus trenteras. Braulio no sacaba a pasear su perro. Lo que es más, Braulio no tenía perro. Lo que sí tenía don Braulio era media docena de zaparrachines, quienes amagaban hacerle tropezar una y otra vez. Le mordían los tobillos, contrectebando rápidamente, mientras mostineaban las suelas de sus zapatos. Don Braulio permanecía impertérrito. Se apersonaba inmune a las macarrerías de sus zaparranchines. Seguía concentrado en destragatear sin perder de vista a sus vecines, pedragones y trenteras por igual. Sin combinar su chaveta, Don Braulio siteseó con la voz cansada, como si supiera lo que se avecinaba.

Sonateo por medio, el día se volvió invierno y la multitud se ponuvo pasmada, llamándose a silencio les unes a los otres. El zaparranchín aferrado al talón izquierdo aflojó su permulatora y trepó hasta los hombros de don Braulio. Su saco parecía a punto de trembar. En el silencio sonó su cuello, un ruido antinatural, crocante. El zaparranchín removió sus percas de las orejas de don Braulio y bajó al piso. El cuerpo casi erguido de don Braulio quedó inmóvil mientras el vecindario sopesaba en cuchicheos.

Quince días se mantuvo en pie. Quince días y veintiocho noches después, sus rodillas se aflojaron, sólo para acompañar los lamentos a viva voz de la trenterada completa, simplemente para compartir el silencio.

Ellas

julio 2011
Los escuchaba hablar. Balbuceaban, susurraban, tosían, se reían. Los veía discutir y argumentar. Se sentía perdida en sus ideas absolutas, sus puntos indiscutibles, sus perfectas seguridades. No le importaban en lo más mínimo sus elevados diálogos. Se aburría buscando el hilo enredado de esas charlas de nunca acabar. Política, literatura, arte, música, sociedad, historia, todos los temas le daban lo mismo. Todo era el ir y venir del aire. Todo era el ritmo lento, tranquilo de ese corazón.

Recostada sobre ese pecho se dejaba adormecer por esa voz apagada que resonaba en su cuerpo. Esa persona que hablaba bajo, porque la imaginaba dormida y no deseaba despertarla. Los susurros no alcanzaban a captar su atención, mas esa voz distorsionada, esa voz que no se escucha, que se siente, esa voz que no salía de su boca, sino de su pecho, de su panza; esa voz que no era voz, que era más grave, más apagada, pero que seguía siendo de ella. Esa casi voz que lograba hipnotizarla. Ese sonido profundo que la rodeaba.

Sentía el resonar de esa voz, el ritmo tranquilo de ese corazón, el subir y bajar de ese pecho con el entrar y salir del aire. Se sentía protegida por ese brazo delicado que la envolvía. Ese brazo que de cuando en cuando la acercaba hacia ese otro ser que la hipnotizaba. Cuando ella la abrazaba, entre discusiones prescindibles y susurradas, se sentía protegida. En esos momentos, de cuando en cuando, se sentía protegida, se sentía feliz. En esos momentos, de cuando en cuando, lanzaba un corto suspiro.

Esas noches eran infinitas. Esas noches de reuniones, de ir y venir de ideas, de horas interminables en algún minúsculo departamento de alguno de los del grupo, de gente echada en el piso, de gente sentada en sillas, de gente acomodada en mesas, de alguna botella que daba vueltas, de algunas frazadas desparramadas por ahí. Esas noches llenas y vacías de gente, bohemios, locos, raros, serios. Gente que se creía importante. Gente que creía que decidía cosas importantes. Gente importante. Y gente no tanto.

Jamás hubiera terminado en ese ámbito plagado de pretensiones, de altanería, de gente que se cree importante, de gente que era importante. No lo soportaba. Pero no hablaba, tomaba un sorbo de la botella, recogía alguna de las frazadas y se acomodaba contra ese cuerpo en un abrazo tibio, un abrazo de hogar, un abrazo de cariño, un abrazo de pasión, un abrazo de seguridad. Se adormilaba mientras los del grupo hablaban, mientras ella argumentaba, mientras muchos las miraban con envidia.

Envidia. ¿Envidia de qué? ¿Envidia de quién? ¿De la que no pertenecía allí por estar allí? ¿De ella que la había traído, porque podía? No. Envidia de eso. De eso que ellas tenían. No era envidia de la durmiente por estar en esos brazos. No era envidia de ella por tenerla en su regazo. Era envidia de eso que compartían. De ese abrazo tan íntimo y a la vez tan fraternal. De esa respiración acompasada a cuatro pulmones. Porque no las deseaban a ellas, deseaban eso. Ese momento. No las odiaban por eso, de hecho las apreciaban. Pero les tenían envidia.

Sin embargo no estaba consciente de todo eso, o no le importaba. Sólo estaba consciente del ir y venir del aire. Del resonar de esa voz. Del ritmo tranquilo de ese corazón. Del bajar y subir de ese pecho. Del delicado brazo que la rodeaba y que de cuando en cuando la acercaba a ese cuerpo. De los labios que de cuando en cuando rozaban su frente. Del calor que emanaba de ese cuerpo. De la frazada que acariciaba sus pies descalzos. Del fuego que provocaba el licor en su pecho. De su imaginación que volaba junto con el fuego que provocaba el licor en su pecho. De ese cuerpo. De ese abrazo. De ella. Ella estaba consciente de eso. De sólo eso. De solamente eso.

Me Gusta el Agua Muy Caliente

mayo 2012
A mí me gusta el agua caliente. Muy caliente.

A veces, cuando estoy en la ducha y el agua funciona bien en mi casa, me acuerdo de eso. Siempre uso la canilla de la izquierda a todo lo que da. Y con la que está del lado de la pared voy regulando. De todas formas nunca sale muy caliente. Tibia, a lo sumo. Y con baja presión.

Pero a veces, cuando estoy en la ducha y el agua funciona bien en mi casa me dejo lugar a ciertos juegos de carácter dudoso. La caliente está al máximo. La fría a la mitad. Y empiezo a bajarla. A ver cuánto soporto. A sentir el calor. Mucho. Sobre la espalda, los hombros, el cuello y parte del pecho. Partes que se sienten pero que no son sensibles. No es la cara. No son los ojos. Pero se siente. Voy bajando, lenta, muy lentamente la concentración del agua fría. Siento el calor. Siento el chorro del agua. Que golpea.

Sigo cerrando la canilla de la pared y le empiezo a dar lugar a otras sensaciones. El picor. El dolor. El dolor. Mucho calor. Demasiado. Sigo cerrando la canilla para dejar de sentir. Ahora ya no es más algo concreto. Tampoco es un malestar. Es un chorro de agua que me golpea y yo ya no siento nada. Sin embargo cuando baja por mi talón izquierdo recuerdo la lastimadura. La piel dañada. La carne descubierta. Ahí sí siento el calor. El dolor. Sin moverme trato de apartar la herida del chorro.

Lo logro.

Y mientras, sigo cerrando la canilla. Y ahí es cuando empiezo a pensar. Ya pasado el umbral del dolor me pregunto, y cómo será morirse quemado, por agua hirviendo. Siempre me lo pregunté. Bueno, no siempre. Desde que una vez, hace un tiempo… largo, leí en algún lado de prestado, o lo vi en la televisión, o algo así. Leí un mito. Griego. De los que me gustan. Y por una cosa o por otra mataban a un Rey echándole agua hirviendo. Y mientras, sigo cerrando la canilla.

Me pregunto, qué tanto soportaría si no fuera por motus propio, por placer. Llega un punto en el que mi cuerpo recuerda lo que es no tener un chorro de agua caliente. Debe ser que me habré movido o una corriente de aire. Siento que me quemo. Aguanto unos segundos más y le doy la cara a la ducha. Eso me saca del trance y doy un paso hacia atrás.

Termino de cerrar la canilla, me quedaba menos de media vuelta. Tan cerca. Cierro la de la izquierda y el juego se termina.

O más o menos.

Cuando me acerco al espejo me doy vuelta y disfruto de mi espalda colorada. Quemada. Pero no por mucho. Es sólo el momento. En seguida empieza a retomar su color normal. Pero quién me quita lo bailado.

Mutando Nombres

marzo 2010
Es increíble lo poco que dice un nombre de una persona, y menos aún de una materia. Me parece irritante simpático cómo el colegio se ha empecinado en transformar títulos de materias a nuevos objetos de estudio con tan sólo agregar un par de palabritas, o simplemente cambiarlas por algo más… más… o simplemente cambiarlas.

En un primer nivel, rayano en lo indiferente tenemos la materia “Acción solidaria” cuya identidad secreta, conocida únicamente por los profesores, es “Aprendizaje y servicio”; llegando también al caso extremo en el que algo tan simple como “Taller de contabilidad” – en tercer año- se convierte en un nombre mutante (onda Hulk): “Taller de gestión administrativa contable para la economía personal”, cambio que se inclina a subestimar al alumno, incluyendo en el nombre las tres materias a las que se hace la introducción durante todo el año (y que volverán a ser tratadas en su totalidad el año posterior, incluida la parte introductoria)

La razón de estos juegos de palabras con nuestros objetos de estudio todavía se desconoce, ya que no suponen una mejoría ni en el contenido ni en el material, sino que complican al estudiante que debe memorizar profesores, horarios, temas y además nombres complicados.


Al final se adjunta una lista de las materias con sus “verdaderos” nombres, para que sepan a qué materia referirse en futuros trabajos prácticos y dejar anonadados a tus compañeros, convencidos de que cursas en una división diferente.

Nombre Científico Nombre Vulgar
Empresas Simuladas Contabilidad
Gestión de las Organizaciones Contabilidad
Programa de Finanzas para la Empresa Contabilidad
Programa de Impuestos Contabilidad
Programa de Organización Administrativa Contable Contabilidad
Aprendizaje y Servicio Acción Solidaria
Sistema de Información Contable Contabilidad
Sistemas Administrativos Contabilidad
Taller de Gestión Administrativa Contabilidad
Taller de Gestión Administrativo Contable para la Economía Personal Taller de Contabilidad

En un Libro

2007
Esto se trata de una persona, una sin nombre para este caso, una simple persona.
Esta estaba sentada en un sillón con un libro en la mano, aburrida.
Se pone a leer el libro. De repente le cambia la cara, se levanta y...
Lo perdimos, ya no está con nosotros, ahora es otra persona. Tiene cara de enojo y quiere saquear barcos, ahora es un pirata.
Los de afuera dicen que está loco, pero no, sólo le gusta el libro.
Se vuelve a sentar, esta vez con cara de susto, está pálido. Se levanta pero despacito y camina agachado, pega un salto y grita. Ahora es la víctima y el asesino, le encantan las películas de suspenso.
Empieza una correría llena de movimiento y alegría.
Se acaba de encontrar con su perrita perdida.
Dicen que siempre está en otra película...
Al fin cierra el libro. Su cara no es la del principio, ahora está feliz.

Las Aventuras de Ricota: Lunes

marzo 2019
Los lunes son su día favorito porque son día de malabares, y los días de malabares son días para aprender. Si bien se puede aprender todos los días, ningún día está tan cargado de saberes fantásticos como los lunes. Ella sabía que hacer malabares era un conocimiento inútil y esa era la mejor parte. No hay ser alguno en toda la sabana que esté en desacuerdo con eso. Los malabares no traen comida ni agua, no llaman a la lluvia ni al Sol, no alejan a los insectos ni a los leones.
Tampoco hay ser alguno que pueda convencerla de que por mucho que Ricota memorice los movimientos, sus pezuñas jamás podrían atajar nada. Cuando trataban de explicarle, Ricota entrecerraba los ojos y bailaba un marambo, dando a enteder lo absurdo del comentario. Ella quería aprender a hacer malabares, no a atajar nada. “Peeeero, Ricota” mascullaban por lo bajo “para hacer malabares tenés que agarrar las pelotitas; lo que es más ¡después tenés que tirarlas!” Dicho por supuesto a media voz, sabiendo que decirlo por lo alto causaría otro marambo.
Los lunes Ricota aprender a hacer malabares, que es un conocimiento inútil para una gacela. Por suerte, Ricota sabe perfectamente que lo útil viene solo, pero lo mágico pide que lo vayas a buscar.

Las Aventuras de Ricota: Miércoles

septiembre 2021

Los miércoles de Ricota son días de sorpresa. Al día de la fecha la gacela Ricota no ha tenido dos miércoles iguales. Ella no toma nota ni tiene mucha memoria, pero considera la irrepetibilidad de los miércoles una verdad indiscutible. No hubo hasta ahora dos vientos iguales, dos caminatas iguales o dos encuentros iguales. Ricota trata cada miércoles como un juego de siete diferencias, pero a ella le alcanza con una. En los miércoles encuentra la sorpresa porque la busca.

Abre bien los ojos y escucha con atención. Lo siente por primera vez a este pasto moviéndose tan suavemente al mediodía. Se detiene un momento para inspirar bien profundo, satisfecha de haber presenciado lo nunca antes sucedido.

O se acerca a tomar agua pero por otro camino.

Ricota encuentra la sorpresa en el constante suceder inesperado de cada miércoles, segura de que cuando la sorpresa no se topa con ella, quien busca encuentra.

El Rey y el Reloj

2004

Un explorador se pierde por la selva oscura del tiempo e intentando llegar nuevamente a su época se encuentra frente a un rey y le ruega que le diga el camino de regreso a su casa.

- Yo te digo el camino de regreso si vos me das ese escudito de mano.

- Bueno, (se lo da) tome. (Se va el explorador)

¿Qué será esta cosita? (se lo acerca al oído) ¡Ay! ¿Alguien cose ahí? ¿Una señora chiquita perdió sus agujas? Se mueven solas y hacen ruiditos... ¡Con dibujitos! ¿Tal vez sirva de corona? mmm... muy chica. Quizás sirva para... ¡Hacer música! (se lo vuelve a acercar al oído) tic-tac-tic-tac-tic-tac-tic. No, no es muy linda la música, no es digna de un rey. ¡Quiero que vengan inmediatamente todos los sabios del reino!!!!

(se reúnen todos en una sala).

(Opina un matemático) Desde mi punto de vista ese es un objeto que sirve para hacer cuentas.

Imposible –dice un ingeniero- es una máquina que te dice cuánto cuesta la madera.

No, es una brújula –dice un virrey.

Si esto genera discusión lo arrojaré por la ventana (lo arroja).

De repente pasa un mendigo y encuentra el objeto -¿¡este es el reloj del que leí?!

Las Aventuras de Ricota: Martes

marzo 2019

No ser comida por leones era una de las prioridades de muchos de los animales de la sabana. Bueno, la prioridad de algunos era no ser comidos por hienas, pero en líneas generales la mayoría disfrutaba no ser el almuerzo de nadie.

No debería resultar sorprendente entonces que al día de la fecha se hubieran realizado no menos de setecientas cuarenta y tres reuniones de la HNP: “herbívoros, no presa”. Las siglas variaban de especie a especie, teniendo en cuenta las diferencias entre los distintos idiomas. Y ese era el problema. Los idiomas. De las setecientas cuarenta y tres reuniones cada animal volvía a su manada sin noticias, incapaz de comprender a sus compañeres de la HNP. Tal era la distancia que ni el nombre era una verdadera decisión grupal, era el nombre que Ricota había decidido ponerle. Ella suponía que el resto de la HNP habría hecho lo mismo.

Los martes entonces eran días de idioma. Ricota era una fiel creyente en el poder del compañerismo por lo que había creado un taller de idiomas abierto al animalaje. Por lo pronto había convencido a tres gacelas, dos suricatas, dos cebras y cuatro elefantes. Ella no estaba segura si el resto de los animales había entendido el propósito de la reunión la primera vez, pero apreciaba el esfuerzo.

Todos los martes cada uno de los animales dedicaba unos minutos a expresarse con los términos más simples pero elocuentes, acompañando su discurso con un dígalo con mímica que dejaría a un mimo mudo. “Beber”, “comer”, y “bañarse” fueron simples expresiones y de las primeras en tener traducción del cebrés al gacelés al elefantoque al surícabe. “Avisar”, “correr” y “esconderse” llevaron más tiempo. Por ejemplo, las suricatas se escondían en la tierra y las cebras se escondían entre ellas lo que provocaba la frustración de lo que parecía una brecha inabarcable.


Pero Ricota no se desanimaba, con la mirada les pedía paciencia. Miraba a cada animal a los ojos, daba un par de pasos a la izquierda, otros para atrás, otros para adelante, hasta contagiar al grupo entero. “Bailar” fue entonces la primera palabra en toda la sabana en ser compartida. Ricota creía en el esfuerzo y confiaba en el grupo. En los momentos de duda el contagioso baile de Ricota le recordaba al grupo que estaban haciendo algo bueno, y lo bueno merece paciencia.