Me Gusta el Agua Muy Caliente

mayo 2012
A mí me gusta el agua caliente. Muy caliente.

A veces, cuando estoy en la ducha y el agua funciona bien en mi casa, me acuerdo de eso. Siempre uso la canilla de la izquierda a todo lo que da. Y con la que está del lado de la pared voy regulando. De todas formas nunca sale muy caliente. Tibia, a lo sumo. Y con baja presión.

Pero a veces, cuando estoy en la ducha y el agua funciona bien en mi casa me dejo lugar a ciertos juegos de carácter dudoso. La caliente está al máximo. La fría a la mitad. Y empiezo a bajarla. A ver cuánto soporto. A sentir el calor. Mucho. Sobre la espalda, los hombros, el cuello y parte del pecho. Partes que se sienten pero que no son sensibles. No es la cara. No son los ojos. Pero se siente. Voy bajando, lenta, muy lentamente la concentración del agua fría. Siento el calor. Siento el chorro del agua. Que golpea.

Sigo cerrando la canilla de la pared y le empiezo a dar lugar a otras sensaciones. El picor. El dolor. El dolor. Mucho calor. Demasiado. Sigo cerrando la canilla para dejar de sentir. Ahora ya no es más algo concreto. Tampoco es un malestar. Es un chorro de agua que me golpea y yo ya no siento nada. Sin embargo cuando baja por mi talón izquierdo recuerdo la lastimadura. La piel dañada. La carne descubierta. Ahí sí siento el calor. El dolor. Sin moverme trato de apartar la herida del chorro.

Lo logro.

Y mientras, sigo cerrando la canilla. Y ahí es cuando empiezo a pensar. Ya pasado el umbral del dolor me pregunto, y cómo será morirse quemado, por agua hirviendo. Siempre me lo pregunté. Bueno, no siempre. Desde que una vez, hace un tiempo… largo, leí en algún lado de prestado, o lo vi en la televisión, o algo así. Leí un mito. Griego. De los que me gustan. Y por una cosa o por otra mataban a un Rey echándole agua hirviendo. Y mientras, sigo cerrando la canilla.

Me pregunto, qué tanto soportaría si no fuera por motus propio, por placer. Llega un punto en el que mi cuerpo recuerda lo que es no tener un chorro de agua caliente. Debe ser que me habré movido o una corriente de aire. Siento que me quemo. Aguanto unos segundos más y le doy la cara a la ducha. Eso me saca del trance y doy un paso hacia atrás.

Termino de cerrar la canilla, me quedaba menos de media vuelta. Tan cerca. Cierro la de la izquierda y el juego se termina.

O más o menos.

Cuando me acerco al espejo me doy vuelta y disfruto de mi espalda colorada. Quemada. Pero no por mucho. Es sólo el momento. En seguida empieza a retomar su color normal. Pero quién me quita lo bailado.