2012
Ya estaba harto de tener que caerles bien a mis clientes. Ni siquiera. No eran mis clientes, eran los clientes de mi compañía. Ni tanto. No mi compañía, la compañía en la que en esos momentos trabajaba. Creo que eso es bastante preciso. Estaba harto de tener que caerles bien a los clientes de la compañía para la que trabajaba en esos momentos. De eso por lo menos estaba seguro. No así de dejar el trabajo, por lo tanto la reflexión anterior perdía un poco de fuerza. O toda.Mi trabajo era ser cadete. Era agotador y de poca paga, pero era el trabajo que tenía. Mejor que otros estaba. No era fácil trabajar siendo estudiante. Mucho menos, siendo de la UBA. Más aún, de la facultad de Sociales. Y ni te cuento, estudiante de Sociología. Era por poco la escoria de la sociedad. O eso nos hacían creer.
Ese día tenía que encontrar a uno de los clientes en un partido de fútbol. El hijo del señor jugaba un torneo al que “no podía faltar, pero no tengo problemas de hablar en el entretiempo”. Honestamente me encontré sorprendido… 5 años y jugando un torneo… era un poco pronto para inculcar la competitividad, pero esos no eran –ni son- pensamientos que uno debe decir en voz alta. “La competencia es la base de nuestra sociedad”, eso sí se puede decir.
Más allá de mis pensamientos varios allí estaba, en el medio de la tribuna buscando al Señor Apellido. Cuando lo encontré nos saludamos y me pidió –bueno, pedir requeriría asentimiento de mi parte, exigir es más apropiado- que esperase a que terminase el primer tiempo para firmar el maldito recibo.
Con la resignación habitual me senté y me puse a ver a los niñitos correr de un lado para el otro. Los equipos eran Solcelestiblanquis contra Estrellinaranja, nombres propios de equipos tan infantiles. Las camisetas representaban estos nombres de fantasía a la perfección. Corrían para acá, corrían para allá sin mucho sentido. Al fin y al cabo, tenían entre 4 y 6 años. Tan pequeñitos. Luego de algunos minutos noté que el árbitro estaba… comprado no es la palabra, ¿quién le pagaría a un árbitro de un partido tan… chiquitín? Sin embargo esa era la sensación. Todo cobraba para los celestinosecuántos. Todo para los celesti, todo para los celesti. En un momento se me ocurrió la fantástica idea de comentar, muy casualmente con la persona que estaba a mi derecha. “Qué loco, ¿no? parece comprado, jejeje”. Mi muy inocente comentario resultó… no muy inocente. “¡Pero qué dice, es todo según el estatuto!” Decidí callarme. Noté como discretamente alguien que estaba adelante mío se alejaba un poco sin decir nada. Como el que estaba a mi otro costado hacía la vista gorda. El señor al que le había comentado me seguía mirando con cara de enojo. “Haga el favor de mirar el partido en silencio, ¿quiere?”. El cliente que estaba unos espectadores a la izquierda nuestra me miró con cara de “No haga espectáculo.”
Con un suspiro interno que rebalsaba hastía me callé todo lo que podría haberle dicho. Para qué pelearme. Continué mirando el partido. Noté con desagrado cómo el entrenador trataba a los niñitos. Nunca me gustó la relación horrible que se generaba. Violencia. Para mí, eso era violento. Sé que en los deportes es así, pero no deja de sentarme mal. El partido era mortalmente aburrido, por lo que decidí dirigir mi atención a los que estaban en la banca. Querían jugar. Lo notaba. Movían sus piernitas en el aire. “Elíjame, elíjame”. Incluso podía escuchar a alguno quejarse bajito, “siempre juegan los mismos”, hacer un puchero y mirar a los otros en busca de consenso. Cinco años y ya sabían lo que era sentirse relegados.
Pude ver como uno estaba a punto de llorar. Miré a los jugadores del celestialgo, se los notaba cansados. Exhaustos. Pero seguían corriendo. Algunos alentados por los gritos de sus padres, las palabras de aliento se mezclaban con los reproches vociferados como si fuera una final trascendental. Siempre detesté a esos padres. Y ahí estaban “Corré PELOTUDO” Chiquitos de cinco años. Madres que se agarraban de los pelos “PERO DALE, TENÉS QUE SER GIL” Los deportes infantiles siempre han sabido sacar lo peor de todo el mundo. Y ahí lo veía, al siete de los celestis corriendo con las lágrimas recorriéndole la cara, porque no llegaba, porque el atacante del naranji era más rápido, porque él no llegaba, porque él no llegaba, porque el padre le gritaba “QUIÉN TE ENSEÑÓ A CORRER”, porque él no llegaba. No pude más. Me levanté y de un grito le dije al entrenador, “¡Oiga, que el chico está sufriendo!”. Error. Error. Error. Horror. Horror. Error. El de naranji se frenó en seco. El de celesti con las lágrimas todavía en los ojos me miró. Me miró fijamente. Con un odio que no puedo comprender. Que no pude comprender. Yo lo estaba defendiendo y él me detestaba, cada fibra de mi ser. Cómo me atrevía a hablar de él. Le estaba dando carne al entrenador. Me estaba metiendo con el entrenador. Como en un sueño escuché al entrenador burlándose del chico, “Ah, ¿y quién es tu amiguito?”. El chico me odiaba. Nada más importaba.
Agarró la pelota del naranji que se había quedado congelado. Con sus cinco años de humanidad el naranji reconoció la furia en su contricante. El siete agarró la pelota. El siete la sostuvo a la altura de su cabeza. El siete la dejó caer. Y mientras estaba en el aire la pateó. Con todas sus fuerzas. Hacia mi dirección. Y vi la pelota viniendo. Nunca creerían la fuerza que tiene un niño de cinco años. Venía con la ira contenida. Y me golpeó. En la cara. En plena cara. La gente sentada alrededor mío se movía, se hacían los distraídos. Pude sentir la risa del árbitro. La aprobación del entrenador. Y el dolor. Sentí la pelota. Sentí el golpe. Y después, oscuridad. Me caí al suelo. Creo que todavía no me volví a levantar.