Ejercicio de escritura - "Utilicen neologismos"

marzo 2019

Panturno, de sombrero turante y asdrupuloso; si bien podía también enderezarse y sonatar ante un estadio repleto, inevitablemente volvía a su tenuria habitual. De lejos podía olérselo llegar, con este tufo a pertalante tan impersonal en bajas dosis, pero específica a don Braulio en las cantidades con las que se desprontalaba el producto. Todas las mañanas se podía ver a don Braulio destragateando contra la vereda, para disgusto de les pemdragones del barrio - y para gusto de sus trenteras. Braulio no sacaba a pasear su perro. Lo que es más, Braulio no tenía perro. Lo que sí tenía don Braulio era media docena de zaparrachines, quienes amagaban hacerle tropezar una y otra vez. Le mordían los tobillos, contrectebando rápidamente, mientras mostineaban las suelas de sus zapatos. Don Braulio permanecía impertérrito. Se apersonaba inmune a las macarrerías de sus zaparranchines. Seguía concentrado en destragatear sin perder de vista a sus vecines, pedragones y trenteras por igual. Sin combinar su chaveta, Don Braulio siteseó con la voz cansada, como si supiera lo que se avecinaba.

Sonateo por medio, el día se volvió invierno y la multitud se ponuvo pasmada, llamándose a silencio les unes a los otres. El zaparranchín aferrado al talón izquierdo aflojó su permulatora y trepó hasta los hombros de don Braulio. Su saco parecía a punto de trembar. En el silencio sonó su cuello, un ruido antinatural, crocante. El zaparranchín removió sus percas de las orejas de don Braulio y bajó al piso. El cuerpo casi erguido de don Braulio quedó inmóvil mientras el vecindario sopesaba en cuchicheos.

Quince días se mantuvo en pie. Quince días y veintiocho noches después, sus rodillas se aflojaron, sólo para acompañar los lamentos a viva voz de la trenterada completa, simplemente para compartir el silencio.