Cansancio

abril 2013
Cansancio.
Cansancio de antes de empezar.
Cansancio por todo lo que tenés que hacer.
Cansancio por todo lo que ya hiciste.

Drenaje de las ideas
y de las ganas.
Cuando cada mañana
es empezar una página en blanco.
Y ver todo lo que falta.

Y estar bien un rato,
efímero.
Porque también sucede.
No estás todo el tiempo mal.
Pero después volvés, a no estar bien.

El cansancio.
Omnipresente.
En todos lados.
Sin ganas de comer.
Sin ganas de ver a nadie.
Sin ganas de leer.
Sin ganas de escribir.

Pero garabateás la página en blanco.
Le ponés letras.
Las tachás, porque eran pésimas.
Empezás de nuevo.
Y no necesariamente esta vez es mejor.
Pero las dejás.
Y te obligás a seguir escribiendo.

Te obligás a levantarte de la cama.
Te obligás a ver gente.
Te obligás a hacer ejercicio.
Te obligás a hablar con los demás
Te obligás a sonreir.
Te obligás a estar bien.

Te obligás a leer,
a reirte, a comprar cuadernos,
a estudiar algo, a salir de tu casa,
a ver a tu familia.
Te obligás a parecer bien.

Y entonces entendés,
por qué es que estás tan cansada.

Las Aventuras de Ricota: Martes

marzo 2019

No ser comida por leones era una de las prioridades de muchos de los animales de la sabana. Bueno, la prioridad de algunos era no ser comidos por hienas, pero en líneas generales la mayoría disfrutaba no ser el almuerzo de nadie.

No debería resultar sorprendente entonces que al día de la fecha se hubieran realizado no menos de setecientas cuarenta y tres reuniones de la HNP: “herbívoros, no presa”. Las siglas variaban de especie a especie, teniendo en cuenta las diferencias entre los distintos idiomas. Y ese era el problema. Los idiomas. De las setecientas cuarenta y tres reuniones cada animal volvía a su manada sin noticias, incapaz de comprender a sus compañeres de la HNP. Tal era la distancia que ni el nombre era una verdadera decisión grupal, era el nombre que Ricota había decidido ponerle. Ella suponía que el resto de la HNP habría hecho lo mismo.

Los martes entonces eran días de idioma. Ricota era una fiel creyente en el poder del compañerismo por lo que había creado un taller de idiomas abierto al animalaje. Por lo pronto había convencido a tres gacelas, dos suricatas, dos cebras y cuatro elefantes. Ella no estaba segura si el resto de los animales había entendido el propósito de la reunión la primera vez, pero apreciaba el esfuerzo.

Todos los martes cada uno de los animales dedicaba unos minutos a expresarse con los términos más simples pero elocuentes, acompañando su discurso con un dígalo con mímica que dejaría a un mimo mudo. “Beber”, “comer”, y “bañarse” fueron simples expresiones y de las primeras en tener traducción del cebrés al gacelés al elefantoque al surícabe. “Avisar”, “correr” y “esconderse” llevaron más tiempo. Por ejemplo, las suricatas se escondían en la tierra y las cebras se escondían entre ellas lo que provocaba la frustración de lo que parecía una brecha inabarcable.


Pero Ricota no se desanimaba, con la mirada les pedía paciencia. Miraba a cada animal a los ojos, daba un par de pasos a la izquierda, otros para atrás, otros para adelante, hasta contagiar al grupo entero. “Bailar” fue entonces la primera palabra en toda la sabana en ser compartida. Ricota creía en el esfuerzo y confiaba en el grupo. En los momentos de duda el contagioso baile de Ricota le recordaba al grupo que estaban haciendo algo bueno, y lo bueno merece paciencia.