Silla

marzo 2019
Como todas las noches mi mundo se daba vuelta y podía estirar mis patitas en el aire. Hora tras hora de sostener culo tras culo; y los cuerpos pesados pegados a esos culos.
Sentir cómo el sudor de la clientela finalmente tenía tiempo de evaporarse, dando un respiro a mi porosa madera y a los hongos verdes que se habían apoderado del espacio debajo de mi almohadoncito de cuerina.
Mi respaldo haciendo equilibrio sobre la mesa, con los apoyabrazos actuando de contrapeso. Ver a los humanitos caminando por el techo: los sobrios arrastrando los pies mientras que los merqueros saltan de acá para allá, lavando las ollas frenéticamente y animando un imaginario loto geriátrico. Nosotras no dormimos, ni siquiera descansamos, pero hay algo del agotamiento que transpiran las paredes, las copas puestas a secar boca abajo sobre un repasador roñoso, listas para mañana engañar a los clientes con su transparente suciedad.
Trato de acomodarme, hago los habituales ruidos de cosa vieja; ¡es cierto! Nos acomodamos como quejidos fantasmagóricos. Nadie le presta atención, ya acostumbrados a nuestras tradiciones. Pasan las horas y todas las telas van desapareciendo dentro de esa enorme bolsa que irá al lavarropas: servilletas, manteles, trapos, repasadores. Todos irán a marearse un rato para empezar el nuevo día refrescados y listos para que les destrocen la pulcritud con la que comienzan cada mediodía.