Avivando el Fuego con Frazadas

agosto 2010
Sabía lo que quería.
O creía saberlo.
Mi madre diría:
"Le temes al éxito"

O simplemente soy cobarde.
Simplemente no me gusta aventurarme.
Simplemente soy insegura.
Simplemente no puedo confiarme de tal modo a otro.

Abrir un aspecto de mi alma
que hasta el momento pocos conocen.
Ni yo ahondo en ese terreno,
porque temo lo que pueda encontrarme.

No soy capaz de darle todo.
Siento que nadie lo merece,
pero sin embargo mis sueños no mienten.
Hay algo dentro mío que se opone a mi razón.

No sé si debería darle oxígeno
o apagarlo antes de que sea un incendio.
Temo tardar demasiado en darme cuenta
y luego no encontrar de dónde sacar agua suficiente.

Amarito Quiere Volar

noviembre 2011
Es probable que nunca hayan oído hablar de Amarito, aquel que quiso volar. Es poco conocido, puesto que no lo logró. Tampoco murió en el intento. No fue cual Ícaro irresponsable, no se le deshicieron las alas. Tampoco quedó pegado a la Tierra por el peso de sus cuadradas creencias o por hacerse una capa de oro macizo. Amarito simplemente quería volar.

Amarito quiere volar. Pero no quiere volar porque necesite huir de una casa terrible. Tampoco lo necesita para escapar de una realidad pesadillesca. Tampoco es un gran soñador cuyo único anhelo es soñar. Tampoco quiso volar desde que estaba en la cuna.

Amarito no es solitario. Tampoco es un genio encubierto. Amarito no se despertará un día y volará. Amarito sabe eso, y aún así quiere volar.

Amarito no le reza todos los días a una estrella. O a un Dios de bien arriba. O de bien abajo. Tampoco escribe todos los días en un cuaderno. No se duerme ni se despierta pensando en volar. Pero a veces se acuerda. Y en esos momentos quiere volar.

Conozco un Amarito que quiere tener un trabajo. Y otro que quiere aprender a tocar la flauta traversa. Conozco Amaritos de todo tamaño y forma. Porque héroes, soñadores, diablitos, hay pocos. Pero Amaritos somos todos.

Yo conozco una Amarita que quiere escribir.

Irrefrenable

junio 2011
Es como si se estuviese muriendo. Tiene una vida hecha. La está viviendo, pero está hecha. Terminada. Dicen que uno siempre puede seguir aprendiendo, que uno siempre aprende, cambia. Pero no lo siento así. Él no aprende más. Ahora enseña. Ya está, se terminó. Trata de extraerle los últimos resquicios de libertad a una vida destinada a encarcelarse. Una vida clase media, con obligaciones de normalidad. No me da envidia, si no miedo. Se está muriendo. En un par de años también yo empezaré a morirme. A terminarme. Veo a mucha gente morirse de a poco. “Ahora la vida empieza”. Pero yo sólo veo un abismo por delante, una caída lenta de la que nadie sobrevive.

Él está cerca del suelo. Trata de tomar las últimas ramas que se asoman de la pared de piedra sin saber que ya casi termina. Que son las últimas ramas. Las últimas oportunidades de salvarse.

Yo lo veo caer y no comprendo su sonrisa. Se está muriendo. Muere inevitablemente y sonríe. Estira sus brazos para agarrar las ramas y salvarse. Pero muere. Sin lugar a dudas muere.

Mientras, yo siento que estoy siendo empujada al borde del aterrador abismo. Me arrodillo, trato de agarrarme del suelo, araño la tierra; pero soy irrefrenablemente arrastrada hacia ese borde mortal. El inconmovible tiempo me tira sin piedad al frío y oscuro vacío. Mientras caigo escucho músicas, veo ciudades, río, lloro, acaricio cuerpos, beso labios, duermo, me despierto, veo gente, la veo desaparecer. Y sigo cayendo. Y estoy muriendo.

Boca Interrumpida

septiembre 2018

Una sonrisa que empieza por ambas comisuras. No por los ojos. Los ojos se mantienen severos, fríos. Una sonrisa que parece mueca, fruto solamente de la flexión de los músculos. Extiende lentamente los labios, como si las orejas hubieran atrapado esas comisuras con dos anzuelos. El movimiento podría ser sólo una ilusión, una extensión en el tiempo, como la flecha de Zenón, cubriendo distancia a ritmo inexistente, pero ganando terreno de todos modos. Un movimiento deliberado, cruel, antinatural, un movimiento a pesar del dueño de esos rasgos.

La intención es clara, pero de origen desconocido. A medida que las esquinas de su boca buscan su nuca se puede ver su piel tensarse, adivinar los tendones sufriendo el esfuerzo de la contradicción entre mantener el cuerpo unido, piel con piel, y continuar esa sonrisa que pareciere buscar el infinito.

Los ojos ya rendidos, pero sin cansancio, abiertos de par en par, exhibiendo esferas blancas, verdes y negras, con sus pupilas suspendidas en el centro, proyectando una recta eterna hacia la nada. Ojos que ya no ven, que tan sólo existen y alertan de un peligro ya ajeno a la voluntad propia.

Y la sonrisa sigue creciendo. La piel rosada de sus labios se desgarra por el centro, las comisuras, con propósito, se buscan del otro lado del cuello. Un almohadón gastado, cuyo relleno rebalsa de la débil tela. La simetría persistente expone la encía, los dientes, por debajo de la nariz, a uno y otro lado del centro total. Manos que se desenlazan, que al soltarse vierten sangre; los músculos y los nervios deshilachados a uno y otro lado del centro total. Lombrices partidas al medio, retorciéndose desesperadas, buscándose para volver a ser uno. Y la sonrisa siguió creciendo. Las orejas inmutables dejan correr ese tajo que empapa los lóbulos con carne expuesta. La herida acelera su inexistente paso de modo vertiginoso, una lenta y delicada guillotina que rodea al desgraciado, ahora veloz. El rostro tapado por un barbijo de entrañas. La pera, un rojo triángulo invertido que se expande con cada segundo. La nariz intacta, burlándose de la anatomía estudiada.

Vapor

agosto 2010
Estoy huyendo;
de vuelta.
No lo hago adrede,
pero es lo que mejor sé hacer.

Es el instinto de supervivencia.
El mismo que me dice
"No te acerques al fuego,
¡Te quemarás!"

Si antes me fue útil,
últimamente se ha vuelto confuso.
Cuando quise tocar la llama me detuvo,
pero cuando el fuego va por dentro
me pide que me aleje de mí misma.

Y lo está logrando:
cada vez hace más frío.