Silla
Creatividad
marzo 2019
La imitación era su arte. Cuadro tras cuadro una meticulosa reproducción de la realidad. La baldosa con la que se había tropezado el día anterior aparecía ahora en el lienzo, los mismos colores, la misma esquina rota donde al apoyar su pie había perdido el equilibrio. Una imagen repetida. Como todas las anteriores. Cada vez que trataba de imaginar veía sólo recuerdos. Años de usar los ojos le habían destruido la mirada. Ahora sólo agendaba, asignaba a cada recuerdo un futuro gemelo idéntico. Sólo pintaba para dejar de acumular. Tantas imágenes encajonadas que nunca había espacio para algo nuevo. Era incapaz de crear.
Como todos los días, se paró frente al atril. Acomodó a su lado su arcoiris de lápices acuarelables. Ordenados por gama, intensidad, saturación. Uno al lado del otro. Con sus puntas recién afiladas para mayor precisión, con el vaso con agua para desperdigar el color. Siguiendo el consejo número setecientos de otres artistas empezó con los ojos cerrados, agarrando colores al azar, errándole a veces al vaso de agua, manchando la tela sin ton ni son. Se sintió libre, la creación estaba sucediendo, su mano se deslizaba sin recuerdo alguno. Al abrir los ojos le ganó la desesperación. El árbol de tilo que había visto ayer le sonreía ahora desde el atril. La verosimilitud era feroz. Idéntico su árbol de tilo al árbol de tilo que no era suyo. Tiró el cuadro al suelo, estrelló sus lápices contra la pared. El suelo detuvo sus rodillas y la remera sus lágrimas.
Moqueando fue a buscar los lápices. Ellos no tenían la culpa. Sus puntas antes perfectas ahora quebradas le reprochaban el exabrupto. Aceptó que ese tampoco sería el día en el que inventase. Se resignó y fue a buscar el sacapuntas, pretendiendo dejar todo listo para el día siguiente pero el cansancio hizo que se detuviera. Dejó los lápices desperdigados, guardó el sacapuntas en el cajón.
En la entrevela se preguntaba cómo dejar huella, cómo explicarle al mundo que su arte existía. Sus lápices con las puntas golpeadas lo miraban desde sus diversos escondites. No podría dormir hasta no resolver eso. Tampoco podría encontrar la solución a su repetición antes del amanecer. O eso creía.
Agarró un bloc de dibujo de su biblioteca, el sacapuntas del cajón, el bisturí de la cartuchera, y los lápices del suelo. Empezó con los azules, usando alternadamente el bisturí y el sacapuntas para encontrar el ángulo perfecto. Sacaba punta, probaba en el bloc, raspaba un poco, volvía a probar. Uno tras otro los azules se fueron agotando. Hizo la transición a los verdes, para pasar a los amarillos, después a los naranjas y luego los rojos. Cómo dejar huella. Cómo dejar su marca. Cómo apropiarse de sus pinturas, de sus dibujos, de sus herramientas, de su tinta. Se preguntó si no sería su caja de colores la que le llenaba de restricciones. La movió a un lado y empezó a buscar alguna otra pintura. Acuarelas, acrílicos, témperas, óleos, pasteles, grafito. Todos abandonados años atrás en función de perfeccionar su técnica de lápices. Luego de revolver el armario volvió a su escritorio a sentarse. Se miró las manos. Tal vez ellas eran las que detenían su imaginación. Tal vez eran ellas las que atrapaban sus sueños e impedían la creación. Cómo dejar huella. Cómo apropiarse de la tinta.
Se armó de determinación y esa noche creó. Buscó un lienzo en blanco y creó un amanecer inventado. Marcó la tela con su imaginación. Los colores saturados le permitían por primera vez despertar. A medida que pintaba iba retocando sus colores con el sacapuntas o el bisturí así fuera necesario. Para los trazos más delicados requería de un punta fina y redonda, eso se hacía con el sacapuntas. Para pintar espacios necesitaba más superficie, eso se hacía con el bisturí. Pintó hasta la madrugada, cuidándose de no ver salir el Sol, por miedo a que su amanecer no fuera creado, sino un recuerdo del día siguiente.
Quedaría su huella en la historia. O su falta de huellas. Quedaría su tinta en el lienzo. El amanecer cambiaría de color junto con el día. Al anochecer, de sus rojos quedarían sólo marrones.
Distancia
octubre 2011
¿Cómo distinguir entre aquellas personas a las que les borrarás la cara y les quitarás el nombre, de aquellas a las que recordarás, que te marcarán, y que extrañarás a pesar de todo? Del tiempo, de la distancia. ¿Cómo enfrentarse en el presente a una vida que dura una vida? ¿Cómo diferenciar el amor de la simpatía antes de que sea tarde?
¿Tendrá sentido en veinte años haber perdido a alguien por algunos miles de kilómetros? ¿Me acordaré acaso de su sonrisa? O tal vez la deforme. O tal vez la vuelva irritante, y la recuerde insoportable para poder seguir viviendo. O tal vez la viva extrañando, arrepintiéndome de no haber hecho lo imposible. O tal vez me dé por vencida, y desista de buscarle respuesta a tantos por qués del travieso destino. O tal vez esté exagerando. Imposible decirlo, imposible saberlo.
La palabra amor siempre es demasiado fuerte, pero hacia atrás sólo se ven amores perdidos. Por momentos la gente pierde sentido, y por momentos es el tiempo el que se vuelve absurdo. Todo pasará. Todos somos pasajeros, todos finitos. La pregunta que resuena en el fondo de nuestra mente. “¿existe el más allá?”. Porque no es sólo la muerte la que aleja a las personas. Y es cuando sentimos que una lucha se avecina que aparece aquella duda inevitable.
¿Vale la pena que luche por tí?
Escombros
octubre 2021
Me gustaría saber cómo quererte sin que me tengas miedo. De que te ahogue, de que te invada, de que te ate. Cómo explicar que no pido ni futuros ni promesas, sólo cuidado.
Fue mala mía aflojar. Estoy al tanto. No tenía opción y no me arrepiento de nada. Tan solo quisiera las herramientas para acompañarme en esta vulnerabilidad infinita. Bajé mis defensas. Demasiadas. Y ahora siento una vez más la fragilidad que había sabido manejar. Cuando la última persona que dejaste entrar fue hace más de una década es difícil transmitir el estado ruinoso de mi estructura. Mi gente camina con cuidado. A mi gente no me avergüenza pedirle compasión.
Pero a vos, novato en las aguas de mi existir, no quiero pedirte ni la hora. Segura estoy de que a regañadientes sin mirar el reloj me dirías algún número para resolver la situación. Para que todo vuelva a su lugar. Para ordenar. Priorizar la paz.
Qué desgracia que en el querer haya necesidad. No me arrepiento de nada. No pudo ser de ninguna otra manera. Pero estoy pensando si tal vez ahora podría. Me parte el corazón imaginarme dando el portazo, pero no sé cuánto tiempo más pueda sentirme tan desnuda en una casa que se niega a guardarme un buzo.
No me quiero apropiar de vos. No quiero entrometerme en tu vida ni inmiscuirme en tus planes. Yo sólo quiero querer y ser querida. Sentirme avalada para pedirte ayuda. No quiero otra vez ser una carga. ¿Por qué es tan difícil no querer cuando no te sentís querida?
Barca sobre el Río Nilo
me sumerjo en predicciones.
Intento apartar mi mente
de aquello que tanto me aterra.
Pero antes que mañana
me toca luchar con hoy.
Y digo lucha, casi batalla,
remando cada metro hasta llegar mar adentro.
Me interno en aguas desconocidas,
profundas y muy pobladas,
que ni siquiera me dejan asegurada
el arribo a buen puerto.
Debo prepararme.
Lucharé en la batalla
que espero ganar. Y remaré, y remaré hasta llegar.